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Andrés Oppenheimer / El Nuevo Herald / Noviembre 26, 2016


No es elegante criticar a alguien que acaba de morir, pero viendo los mensajes de jefes de estado de todo el mundo exaltando la supuesta valentía del recién fallecido gobernante cubano Fidel Castro, hay que decir la verdad: Castro fue todo menos un valiente. Por el contrario, fue un cobarde.
En primer lugar, fue un cobarde porque no permitió una elección libre en 57 años, desde que asumió el poder en 1959. Sólo alguien que tiene miedo de perder no se anima a medirse con otros en elecciones libres.
En segundo lugar, Castro fue un cobarde porque nunca permitió un solo periódico independiente, o estación de radio o televisión no gubernamentales. Sus críticos ni siquiera tenían acceso a los canales oficiales. Era como si no existieran.
Castro daba la enorme mayoría de sus entrevistas a periodistas, modelos o figuras deportivas que le rendían pleitesía. Y las pocas entrevistas que dio a los periodistas serios fueron monólogos, en los que él hablaba todo el tiempo.
Recuerdo que a finales de la década de 1980, cuando le pedí al premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez que intercediera por mí para pedirle una entrevista con Castro, se rió y me dijo: “¿Para qué quieres una entrevista con Fidel? Él nunca dice algo en una entrevista que no haya dicho en uno de sus discursos de cinco horas”.
El temor de Castro de perder su imagen omnipresente de Máximo Líder era tal que había prohibido a los medios hablar sobre su vida privada. Tenía que ser retratado como un semidios que había sacrificado su vida para el bien público. Durante décadas, el nombre de su esposa y sus hijos fueron un secreto de Estado.
En un viaje a Cuba a principios de la década de 1990, un periodista del diario Juventud Rebelde de la juventud comunista me dijo que había sido reprendido por su jefe por tratar de publicar una foto de Castro comiendo en una cena. El comandante nunca podría ser mostrado comiendo, me dijo el periodista.
Incluso las circunstancias de la muerte de Castro pueden haber sido un montaje gubernamental: los medios oficiales cubanos dicen que murió el 25 de noviembre, que es el mismo día en que Castro y sus guerrilleros salieron del puerto mexicano de Veracruz en el yate Granma en 1955 para iniciar su insurrección armada en Cuba.
¿Habrán trucado la fecha de su muerte para mostrarla como un viaje heroico hacia el más allá, que coincide con la fecha del inicio de su gesta revolucionaria hace seis décadas?
Tercero, Castro fue un cobarde porque no permitió ningún partido político independiente. Según la Constitución cubana redactada por Castro, sólo el Partido Comunista –que él presidió durante décadas– está permitido en la isla.
Castro usó el embargo comercial estadounidense como una excusa para prohibir partidos políticos independientes o libertad de reunión. Incluso después de que entregó la presidencia a su hermano Raúl, aunque siguió siendo una poderosa figura detrás de bambalinas, el régimen cubano intensificó la represión a la oposición pacífica a pesar de la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba que inició el presidente Obama en 2014.
Según la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional de Cuba, un grupo no oficial, los arrestos políticos documentados se han disparado de 6,424 en 2013 a 9,125 en lo que va de este año.
En cuarto lugar, Castro fue un cobarde porque nunca permitió a las instituciones financieras internacionales monitorear o verificar las alegres estadísticas económicas de su gobierno.
Castro se jactaba de que Cuba redujo la pobreza y mejoró la salud y la educación, y gran parte de la prensa internacional se lo creyó sin cuestionamientos. Pero a diferencia de la mayoría de los países, Castro nunca permitió que el Banco Mundial u otras instituciones internacionales creíbles realizaran estudios independientes en la isla.
Se jactaba de los avances educativos de Cuba, pero nunca permitió que Cuba participara en las pruebas del Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA). De hecho, muchos estudios demuestran que otros países como Costa Rica hicieron más progreso social que Cuba, sin pagar el precio de ejecuciones masivas, encarcelamientos y exilios.
En quinto lugar, Castro nunca permitió a organizaciones internacionales de derechos humanos llevar a cabo investigaciones in situ sobre los abusos contra los derechos humanos. Según el grupo de investigación Cuba Archive (cubaarchive.org), Castro fue responsable de 3,117 casos documentados de ejecuciones y 1,162 casos de ejecuciones extrajudiciales. En cualquier otro país, habría sido declarado un criminal de guerra.
Lo siento, pero no me impresiona para nada la narrativa convencional de que Castro fue un valiente revolucionario que desafió a 10 presidentes de Estados Unidos y sobrevivió a innumerables intentos de asesinato.
Los líderes valientes son aquellos que tienen el valor de competir con otros en elecciones libres. Castro era un cobarde que nunca se atrevió a permitir que su gente ejerciera sus derechos básicos, y que condenó su isla a la miseria.
Su muerte tendría que ser un recordatorio de que no hay tal cosa como un dictador bueno. Ya se trate de un autócrata derechista como Augusto Pinochet o de un izquierdista como Castro, todos los dictadores son malos y, en el fondo, cobardes.





Carlos Alberto Montaner / El Blog de Montaner / Noviembre 26, 2016


Muerto Fidel Castro, tibio todavía su cadáver, surgen varias preguntas urgentes. ¿Cómo fue posible el castrismo? ¿Por qué Cuba se convirtió en la única dictadura comunista de América Latina? ¿Cuál era la esencia de un régimen que ha durado más de cinco décadas, convirtiéndose en la dictadura más larga de la historia de América Latina? ¿Habrá un castrismo sin Castro?
Como resulta inevitable, para entender este excéntrico fenómeno es preciso remitirse a la historia de la república cubana. Fidel Castro ni cayó del cielo ni ascendió desde el infierno. Fue el producto de ciertas ideas y actitudes que existían en la Cuba de sus años formativos. Lo parió el país, porque la tierra había sido previamente cultivada para dar esos o parecidos frutos.
Nacido en 1926, a principios del gobierno del general Gerardo Machado, quien enseguida comenzó a mostrar su dureza y falta de respeto por los derechos humanos, el niño Castro creció entre los rumores de violencia que seguramente llegaban a su remota finca de Birán, en el oriente de Cuba. En 1933, finalmente, y tras cruentos enfrentamientos entre diversos grupos insurrectos, el dictador huyó del país.
¿Qué herencia política más visible dejaba este episodio? No era, ciertamente, el amor por la democracia y las libertades, sino el culto por la redentora violencia revolucionaria. La idea predominante en el país era que la justicia, la honradez y la prosperidad vendrían de la mano de unos revolucionarios armados con pistolas e iluminados por la voluntad de guiar al pueblo hacia un destino fulgurante.
A la espera del Mesías
Nadie, o muy poca gente, pensaba entonces en la importancia de las instituciones o en el Estado de Derecho para enderezar el país. Se esperaba la llegada de un Mesías revolucionario. Se buscaba un líder salvador. Para algunos era Grau, para otros, Chibás o hasta Batista. Esa –el mesianismo– era una actitud muy generalizada en la sociedad cubana. Mala cosa para construir una democracia respetable. Pero junto a ella había otras creencias que comenzaron a abrirse paso rápidamente: el buen revolucionario no solía tener el menor respeto por la propiedad privada.
En los años treinta, en Cuba y en todas partes, se extendió la creencia de que la pobreza de una parte sustancial de la sociedad se debía a los bienes que otros poseían. Lo que uno tenía siempre se lo había quitado a otro. El capitalismo era sustancialmente depredador. Eso no quiere decir que la sociedad suscribía la cosmovisión marxista, mucho más compleja y elaborada, sino que se había popularizado un juicio sumario contra la economía de mercado y el «estado burgués». Ser revolucionario, pues, consistía en distribuir la riqueza existente entre los desposeídos.
A la incriminación general del capitalismo, en Cuba se añadía un componente internacional: quien con mayor avidez y codicia representaba esas fuerzas explotadoras era Estados Unidos, primer inversor extranjero en la isla. Desde los años veinte se oye en Cuba, de manera creciente, el clamor contra el imperialismo yanqui en el terreno económico. Para algunos cubanos –tal vez para muchos– la tutela norteamericana era una forma humillante de injerencia. Otros, en cambio, la veían como una especie de seguro contra los impulsos autodestructivos de la clase dirigente.
Gánsters
El tercer ingrediente que nutre la cultura política que le da vida a Castro es el gansterismo político. Las organizaciones políticas surgidas al calor de la lucha contra Machado desovaron diversos grupos armados que se hacían la guerra en las calles, fundamentalmente, de La Habana. No fueron grandes matanzas –el total de muertos a lo largo de dos décadas no alcanzó el centenar–, pero imprimieron en la juventud, y muy especialmente en la que se asomaba a la política, una perniciosa admiración por los «muchachos del gatillo alegre», como los calificara un periodista de la época que tradujo del inglés el apelativo de la banda de Al Capone.
Había pandillas armadas en las universidades y en los sindicatos cubanos. Había ministros y senadores que se rodeaban de pandilleros. Todos los partidos políticos -incluidos los comunistas, naturalmente- tenían sus «hombres de acción», es decir, unos cuadros destacados que siempre estaban dispuestos a disparar o liarse a golpes contra adversarios de similar inclinación por la violencia.
Pero lo terrible es que todo esto sucedía en medio de una atmósfera de adulación y temor que embargaba a casi toda la ciudadanía. Los nombres de los jefes pandilleros se pronunciaban con respeto. Algunos de ellos aspiraban al Parlamento y alcanzaban actas de representantes o senadores. Fidel Castro, en su juventud, perteneció a una de esas pandillas y protagonizó hechos de sangre como parte de su esfuerzo por construirse una buena biografía. Un político, para triunfar en esa Cuba, antes que talento, decencia e ideas, debía exhibir una masa testicular abundante.
Ahí están los cuatro elementos clave de la atmósfera en que se cría y respira Fidel Castro: el mesianismo revolucionario, siempre trufado por el desprecio al Estado de Derecho; la condena del capitalismo como un sistema explotador causante de graves iniquidades; el antiyanquismo, por esquilmar a los trabajadores cubanos y por las ofensivas injerencias en los asuntos internos de la isla; y el culto por la violencia política, que siempre implica una estructura jerárquica basada en la intimidación del más débil por el más fuerte y audaz.
A este substrato general, Fidel Castro le agregó sus circunstancias particulares. Durante su bachillerato, que coincidió con la Segunda Guerra Mundial, lo educaron los jesuitas falangistas provenientes de la Guerra Civil española. El mensaje que estos sacerdotes traían no era muy divergente del de los revolucionarios cubanos: era antidemocrático, anticapitalista y antiyanqui. Eran los tiempos en que la España de Franco reivindicaba el resurgimiento de la Hispanidad como la respuesta latina y católica contra el grosero mundo anglosajón y protestante.
Tampoco era un mensaje que rechazara la violencia. Y todos estos valores y creencias se instalaban en una personalidad que desde la adolescencia mostraba los rasgos autoritarios y egocéntricos del tipo de psicopatología que los especialistas describen como «narcisista». Fidel era un narcisista de libro de texto pero, además, se sentía capaz de realizar las mayores hazañas y tenía la audacia para intentarlas. Eso formaba parte de su grandiosa autopercepción.
No es este el lugar de consignar la historia de la insurrección de Castro, mas debemos resumirla en un párrafo: en 1952, a pocos meses de unas elecciones en las que Fidel, por cierto, era candidato a congresista por un partido socialdemócrata, Fulgencio Batista da un golpe militar y derroca al presidente legítimo Carlos Prío Socarrás. A partir de ese momento, como ocurriera contra Machado veinte años antes, diversos grupos recurren a la violencia para tratar de desalojar del poder al dictador. Todos –y entre ellos el que crea y lidera Fidel Castro, el Movimiento 26 de Julio– prometen restaurar las libertades conculcadas y restablecer la democracia.
Finalmente, la noche del 31 de diciembre de 1958 Batista huye de Cuba y la oposición se apodera de los resortes del poder. Ocho días más tarde, Fidel Castro entra triunfalmente en La Habana al frente de sus guerrilleros barbudos. Su liderazgo se ha impuesto por encima de los demás grupos insurrectos.
¿Qué se propone hacer Castro? Públicamente, ha renegado del comunismo y prometido elecciones y democracia, pero secretamente ha decidido «hacer la revolución». Su radicalización ha sido progresiva desde el asalto al cuartel Moncada en 1953. En el exilio mexicano ha conocido al Che Guevara, quien viene del fallido episodio izquierdista del guatemalteco Jacobo Arbenz.
Su revolución
¿Qué es para Castro «hacer la revolución»? Sin duda, llevar hasta las últimas consecuencias las premisas que flotaban en el ambiente en que construyó su visión de la realidad política y social: si el capitalismo y la empresa privada eran nocivos, había que sustituirlos por el Estado-empresario. Si los norteamericanos eran unos explotadores que habían humillado a los cubanos durante décadas, había que echarlos del país y salir a combatirlos en todos los escenarios. Si la burguesía cubana era aliada de los yanquis, ¿qué otro trato merecía que la privación de sus bienes, la cárcel o el destierro? Si la política cubana había estado plagada por las desvergüenzas y la corrupción, lo correcto era imponer una sola y disciplinada voz: la de la revolución, es decir, la de él mismo auxiliado por un partido único.
Ademanes fascistas
¿Cómo podía calificarse Castro en el terreno ideológico? Era un revolucionario radical, anticapitalista y antiyanqui, dotado de temperamento y de ademanes fascistas. Sólo que por ese camino, en medio de la Guerra Fría, se desembocaba en el comunismo y en el modelo soviético, porque solamente la URSS podía insuflar forma y sentido en la banda armada, desorganizada y caótica que había tomado el poder en Cuba, y servirle de guardaespaldas al régimen frente a Washington.
La reacción de los cubanos ante Castro fue de absoluto e ingenuo fervor. El Mesías revolucionario había llegado a salvarlos. Y como la ciudadanía no sentía demasiado respeto por las instituciones, ni entendía la esencia del Estado de Derecho, porque vivía inmersa y anestesiada por la cultura revolucionaria, no parecen haber sido muchos los cubanos que se horrorizaron con los juicios sumarios tras los que se fusilaron a cientos de militares acusados de asesinatos y torturas al servicio de Batista.
También es posible que en esos años la mayoría del país apoyara la incautación de la prensa libre, la intervención de las escuelas privadas o la confiscación del aparato productivo, atropellos a las libertades acompañadas por la arbitraria y muy populista reducción de los alquileres de las viviendas en un 50 por ciento, medida inmediatamente aplaudida. Era el preludio para luego confiscarlas.
Escasa resistencia
Igual sucedió con el comercio importante y las grandes industrias. Todo sucedió vertiginosamente entre los años 1959 y 1960; y, aunque hubo oposición armada y alzamientos campesinos, la verdad es que la resistencia ante la apisonadora revolucionaria no fue masiva ni espectacular. Vivir en una cultura revolucionaria había debilitado los mecanismos defensivos de la sociedad cubana.
El grueso de la oposición más decidida prefirió huir que enfrentarse a Castro, aunque en el exilio unos mil quinientos jóvenes, organizados por Estados Unidos, lanzaron la fracasada invasión de Bahía de Cochinos. Prevalecía entonces la idea de que Washington no podía permitir la entronización de un satélite de Moscú a noventa millas de sus costas. Los marines pondrían orden en el alterado manicomio de siempre. Y lo más prudente parecía ser contemplar estos toros desde la barrera del exilio.
Pero, además de hacer la revolución en el terreno económico y político de acuerdo con el modelo leninista importado de Moscú, Fidel Castro le dio otro sentido parcialmente distinto a su gobierno: desde el año 1959 se convirtió en el paladín de la causa comunista en el planeta. Organizó, financió y adiestró expediciones de insurrectos a medio planeta. Sentía la necesidad imperiosa de reproducirse. Su verdadero leit motiv era ése y no la transformación del país.
Su sueño consistía en que en cada rincón del mundo un pequeño grupo de guerrilleros armados desatara una revolución antiimperialista, antiyanqui, anticapitalista que repitiera su triunfo político. Su narcisismo lo impulsaba a tratar de influir en los destinos del planeta. No se resignaba a ser el abrumado administrador de una pequeña isla cañera del Caribe empeñada en cumplir con absurdos o quiméricos planes quinquenales. Castro quería ser Bolívar, Napoleón, Alejandro Magno.
Angola y Etiopía
Para realizarse, Castro necesitaba triunfar a escala planetaria, lo que le llevó a enviar a decenas de miles de soldados cubanos a las guerras de Angola y Etiopía durante más de 15 años, conflicto que supera en tiempo, y probablemente en bajas en combate, a las dos guerras de independencia que tuvo Cuba en el siglo XIX.
El comandante, en suma, acaba de morir tras una larga enfermedad que lo apartó del gobierno desde 2006, pero su régimen comenzó a agonizar mucho antes, en el momento en que Gorbachov desató la perestroika, agravándose después, en 1989, con la caída del muro de Berlín, antesala de la desaparición del Bloque del Este, la disolución de la Unión Soviética y total descrédito del marxismo como referencia teórica.
¿Cómo resistió Castro este cataclismo? Al margen de la ayuda masiva otorgada por Hugo Chávez, la revolución ha resistido por el mismo procedimiento que Corea del Norte: no cediendo un milímetro de poder y no permitiendo la menor disensión en las filas del poder. ¿Podrá Raúl Castro mantener el mismo rumbo? Supongo que solo por cierto tiempo. El mesianismo no es transferible y la desmoralización ideológica de la clase dirigente es total.
Por otra parte, la cultura política que Castro lega es totalmente diferente a la que él recibió. Con Fidel Castro ha muerto más que un líder. La cultura revolucionaria también ha llegado a su fin en Cuba. Esto le abre las puertas a un futuro esperanzador para todos los cubanos.


Carlos Eire / The Washington Post / Noviember 26, 2016 

Uno de los dictadores más brutales de la historia moderna acaba de fallecer. Por extraño que parezca, algunos lamentarán su muerte y muchas notas necrológicas lo elogiarán. Millones de cubanos que aguardaron con impaciencia este momento durante más de medio siglo reflexionarán simplemente sobre sus crímenes, y recordarán el dolor y sufrimiento que causó.
¿Por qué esa discrepancia? Porque el engaño fue uno de los mayores talentos de Fidel Castro y la credulidad es una de las mayores debilidades del mundo. Genio en la creación de mitos, Castro se valió de la sed humana de mitos y héroes. Sus mentiras eran bellas, y muy seductoras. Según Castro y sus propagandistas, el objetivo de la así llamada revolución no fue crear un estado totalitario represivo y asegurar que él lo gobernara como monarca absoluto, sino eliminar el analfabetismo, la pobreza, el racismo, las diferencias de clase y todos los demás males conocidos por la humanidad. Esta audaz mentira se volvió creíble, gracias, en gran medida, a los incesantes alardes de Castro sobre la escolaridad y la asistencia médica gratuitas, que hicieron que su mito de la benevolente revolución utópica fuera irresistible para muchos desfavorecidos del mundo.
Muchos intelectuales, periodistas y gente cultivada del Primer Mundo también creyeron el mito — aunque habrían sido los primeros en ir a la cárcel o ser asesinados por Castro en su propio reino — y sus suposiciones adquirieron una intensidad similar a la de las convicciones religiosas. Señalar a estos creyentes que Castro encarceló, torturó y asesinó a muchas más personas, miles más, que cualquier otro dictador latinoamericano fue, generalmente, en vano. Su crueldad bien documentada, aunque se la reconociera, no cambiaba las cosas, porque se lo juzgaba de acuerdo a un aberrante código ético que escapaba a la lógica.
Ese desequilibrio moral kafkiano tenía, sin duda, un toque de realismo mágico tan escandalosamente inverosímil como cualquier cosa que Gabriel García Márquez, estrecho amigo de Castro, pudiera soñar. Por ejemplo, en 1998, alrededor del momento en que el gobernante de Chile, Augusto Pinochet, fuera arrestado en Londres por crímenes de lesa humanidad, el auto-ungido ‘líder máximo’ visitó España con bombos y platillos, sin que le causaran problemas, aunque sus abusos de los derechos humanos empequeñecían los de Pinochet.
Y lo que es peor, cada vez que Castro viajaba al exterior, muchos se derretían ante su presencia. En 1995, cuando fue a Nueva York a dirigir la palabra ante las Naciones Unidas, muchos de los personajes ilustres de esa ciudad maniobraron tan intensamente por tener la oportunidad de conocerlo en el penthouse de tres pisos del magnate mediático Mort Zuckerman, en la Quinta Avenida, que la revista Time declaró “¡Fidel Toma Manhattan!” Para no ser menos, Newsweek tildó a Castro de “La Mayor Atracción de Manhattan.” A ningún miembro de la elite que se codeó con Castro ese día pareció importarle que en 1962 apuntara armas nucleares contra sus cabezas.
Si éste fuera un mundo justo, se tallarían 13 hechos en la lápida de Castro y se los destacaría en todas las necrológicas, punto por punto.
●Convirtió a Cuba en una colonia de la Unión Soviética y casi causó un holocausto nuclear.
●Patrocinó el terrorismo donde pudo y se alió con muchos de los peores dictadores de la tierra.
●Fue responsable de tantas ejecuciones y desapariciones en Cuba que es difícil calcular un número preciso.
●No toleró discrepancia alguna y construyó campos de concentración, que llenó al máximo, a un ritmo sin precedentes. Encarceló un porcentaje mayor de su propio pueblo que la mayoría de los demás dictadores modernos, entre ellos, Stalin.
●Aprobó y promovió la práctica de la tortura y de los asesinatos extrajudiciales.
●Obligó al exilio a casi un 20 por ciento de sus compatriotas, muchos de los cuales hallaron la muerte en el mar, sin ser vistos ni contados, mientras se escapaban de él en burdas naves.
●Reclamó toda propiedad para sí mismo y para sus secuaces, cortó la producción de alimentos y empobreció a la vasta mayoría de su pueblo.
●Prohibió la empresa privada y los sindicatos, eliminó la amplia clase media cubana y convirtió a los cubanos en esclavos del estado.
●Persiguió a los homosexuales e intentó erradicar la religión.
●Censuró todos los medios de expresión y comunicación.
●Estableció un sistema escolar fraudulento que proporcionó adoctrinamiento en lugar de educación y creó un sistema sanitario de dos niveles, con asistencia médica inferior para la mayoría de los cubanos, y superior para sí mismo y su oligarquía. Después, sostuvo que todas sus medidas represivas eran absolutamente necesarias para asegurar la supervivencia de esos proyectos de bienestar social ostensiblemente “gratuitos.”
●Convirtió a Cuba en un laberinto de ruinas y estableció una sociedad de apartheid, en que millones de visitantes extranjeros gozaron de derechos y privilegios vedados a su pueblo.
●Nunca se disculpó por sus crímenes ni fue procesado por ellos.
En suma, Fidel Castro fue el vivo retrato de Big Brother, personaje de la novela de George Orwell “1984.” Así es que, adiós Big Brother, rey de todas las pesadillas cubanas. Y que tu sucesor, Little Brother, pronto abandone el sangriento trono que le legaron. 


Carlos Alberto Montaner / El Blog de Montaner / Noviembre 26, 2016


Fidel Castro ha muerto. ¿Qué leyenda de 10 palabras hay que poner en su lápida? “Aquí yacen los restos de un infatigable revolucionario-internacionalista nacido en Cuba”. Me niego a repetir los detalles conocidos de su biografía. Pueden leerse en cualquier parte. Me parece más interesante responder cuatro preguntas clave.
¿Qué rasgos psicológicos le dieron forma y sentido a su vida, motivando su conducta de conquistador revolucionario, cruce caribeño entre Napoleón y Lenin?
Era inteligente, pero más estratega que teórico. Más hombre de acción que de pensamiento. Quería acabar con el colonialismo y con las democracias, sustituyéndolas por dictaduras estalinistas. Fue perseverante. Voluntarioso. Audaz. Bien informado. Memorioso. Intolerante. Inflexible. Mesiánico. Paranoide. Violento. Manipulador. Competitivo al extremo de convertir el enfrentamiento con Estados Unidos en su leitmotif. Narcisista, lo que incluye histrionismo, falta total de empatía, elementos paranoides, mendacidad, grandiosidad, locuacidad incontenible, incapacidad para admitir errores o aceptar frustraciones, junto a una necesidad patológica de ser admirado, temido o respetado, expresiones de la pleitesía transformadas en alimentos de los que se nutría su insaciable ego. Padecía, además, de una fatal y absoluta arrogancia. Lo sabía todo sobre todo. Prescribía y proscribía a su antojo. Impulsaba las más delirantes iniciativas, desde el desarrollo de vacas enanas caseras hasta la siembra abrumadora de moringa, un milagroso vegetal. Era un cubano extraordinariamente emprendedor. El único permitido en el país.
¿Cómo era el mundo en que se formó?
Revolución y violencia en su estado puro. Fidel creció en un universo convulso, estremecido por el internacionalismo, que no tomaba en cuenta las instituciones ni la ley. Su infancia (n. 1926) tuvo como telón de fondo las bombas, la represión y la caída del dictador cubano Gerardo Machado (1933). Poco después, le llegaron los ecos de la Guerra Civil española (1936-1939), episodio que sacudió a los cubanos, especialmente a alguien, como él, hijo de gallego. La adolescencia, internado en un colegio jesuita dirigido por curas españoles, fue paralela a la Segunda Guerra (1940-1945). El joven Fidel, buen atleta, buen estudiante, seguía ilusionado en un mapa europeo las victorias alemanas. El universitario (1945-1950) vivió y participó en las luchas a tiros de los pistoleros habaneros. Fue un gangstercillo. Hirió a tiros a compañeros de aula desprevenidos. Tal vez mató alguno. Participó en frustradas aventuras guerreras internacionalistas. Se enroló en una expedición (Cayo Confites, 1947) para derrocar al dominicano Trujillo. Era la época de la aventurera “Legión del Caribe”. Durante el bogotazo (1948), en Colombia, trató de sublevar a una comisaría de policías. Los cubanos no tenían conciencia de que el suyo era un país pequeño y subdesarrollado. Como “Llave de las Indias” y plataforma de España en el Nuevo Mundo, los cubanos no conocían sus propios límites. Esa impronta resultaría imborrable el resto de su vida. Sería, para siempre, un impetuoso conspirador dispuesto a cambiar el mundo a tiros. No en balde, cuando llegó a la mayoría de edad se cambió su segundo nombre, Hipólito, por el de Alejandro.
¿En qué creía?
Fidel aseguró que se convirtió en marxista-leninista en la universidad. Probablemente. Es la edad y el sitio para esos ritos de paso. El marxismo-leninismo es un disparate perfecto para explicarlo todo. Es la pomada china de las ideologías. Fidel tomó un cursillo elemental. Le bastaba. Le impresionó mucho ¿Qué hacer?, el librito de Lenin. Incluso, los escritos de Benito Mussolini y de José Antonio Primo de Rivera. No hay grandes contradicciones entre fascismo y comunismo. Por eso Stalin y Hitler, llegado el momento, cogiditos de mano, pactaron el desguace de Polonia. Los comunistas cubanos, como todos, eran antiyanquis y estaban convencidos de que los problemas del país derivaban del régimen de propiedad y de la explotación imperialista auxiliada por los lacayos locales. Fidel se lo creyó. Sus padrinos ideológicos fueron otros jóvenes comunistas: Flavio Bravo y Alfredo Guevara. Fidel no militó públicamente en el pequeño Partido Socialista Popular (comunista), pero su hermano Raúl, apéndice obediente, sí lo hizo. Allí se quedó en prenda hasta el ataque al cuartel Moncada (1953). Fidel se reservó para el Partido Ortodoxo, una formación socialdemócrata con opciones reales de llegar al poder que lo postuló para congresista. Batista dio un golpe (1952) y Fidel se reinventó para siempre, con barba y uniforme verde oliva encaramado en una montaña. Era su oportunidad. Había nacido el Comandante. El Máximo Líder. Sólo se quitó el disfraz cuando lo sustituyó por un extravagante mameluco deportivo marca Adidas.
¿Cuál es el balance de su gestión?
Desastroso. Les prometió libertades a los cubanos, los traicionó y calcó el modelo soviético de gobierno. Acabó con uno de los países más prósperos de América Latina y diezmó y dispersó a la clase empresarial, pulverizando el aparato productivo. Tres generaciones de cubanos no han conocido otros gobernantes durante cincuenta y tantos años de partido único y terror. Extendió la educación pública y la salud, pero ese dato lo incrimina aún más. Confirma el fracaso de un sistema con mucha gente educada y saludable incapaz de producir, hambrienta y entristecida por no poder vivir siquiera como clase media, lo que los precipita a las balsas. Fusiló a miles de adversarios. Mantuvo en las cárceles a decenas de miles de presos políticos durante muchos años. Persiguió y acosó a los homosexuales, a los cultivadores del jazz o el rock, a los jóvenes de pelo largo, a quienes escuchaban emisoras extranjeras o leían libros prohibidos. Impuso un macho feroz y rural como estereotipo revolucionario. El 20% de la sociedad acabó exiliada. Creó una sociedad coral dedicada públicamente a las alabanzas del Jefe y de su régimen. Por su enfermiza búsqueda de protagonismo, miles de soldados cubanos resultaron muertos en guerras y guerrillas extranjeras dedicadas a crear paraísos estalinistas o a destruir democracias como la uruguaya, la venezolana o la peruana de los años sesenta. Carecía de escrúpulos políticos. Se alió a Corea del Norte y a la Teocracia iraní. Apoyó la invasión soviética a Checoslovaquia. Defendió a los gorilas argentinos en los foros internacionales. El 90% de su tiempo lo dedicó a jugar a la revolución planetaria. Deja un país mucho peor del que lo recibió como a un héroe. La historia lo condenará. Es cuestión de tiempo.



Imagen tomada de Internet


Martinoticias.com / Noviembre 04, 2016

La Guardia Costera de Estados Unidos repatrió a 109 balseros cubanos a Bahía de Cabañas desde el 15 de octubre hasta ayer jueves, informó un comunicado de prensa difundido por esa entidad.
Los balseros repatriados a Cuba fueron interceptados por los Guardacostas estadounidenses en siete operaciones diferentes en el Estrecho de la Florida.
El comunicado de la Guardia Costera explica que el pasado 15 de octubre siete balseros cubanos fueron repatriados a bordo del escampavías Raymand Evans. El escampavías, Charles David Jr. repatrió a siete balseros cubanos el día 19 a bordo y a otros 76 el pasado 25 de octubre.
Asimismo, a bordo del escampavías Diamondback fueron repatriado 15 cubanos el pasado 22 de octubre, mientras que el William Trump repatrió el 3 de noviembre a otros cuatro balseros cubanos.
En todos los casos los guardacostas proveyeron de comida, agua, abrigo y atención médica básica a los migrantes interceptados.
La Guardia Costera alertó de un incremento de la migración ilegal por mar desde Cuba hacia Estados Unidos. Durante el presente año fiscal que comenzó el pasado primero de octubre han sido interceptados 332 balseros cubanos en el Estrecho de la Florida.
El comunicado informa desde octubre primero de 2015 hasta el presente 7411 cubanos han intentado llegar ilegalmente a Estados Unidos por vía marítima frente a los 4,473 del año fiscal anterior. 

Sede de Cubalex (oficina sin computadoras)


Martinoticias.com / Noviembre 04, 2016

"Se pretende desarticular la organización (Cubalex), en virtud del Decreto de Ley No. 149/1994", denunció la consultoría en un comunicado donde explican que las autoridades intentan buscar normas penales para criminalizar la actividad de la ONG
La Fiscalía cubana inició el pasado 23 de septiembre una investigación fiscal de carácter administrativo en la sede de Cubalex, que incluyó la confiscación de la sede de la organización y las herramientas de trabajo, dijo el grupo en un comunicado.
Cubalex es una ONG sin fines de lucro, no reconocida por el Estado cubano. Ofrece asesoría legal gratuita, en materia de legalización de vivienda, trámites migratorios, hereditarios, laborales, procesos de revisión penal, procedimientos constitucionales y la defensa de los derechos civiles y políticos.
"Se pretende desarticular la organización, en virtud del Decreto de Ley No. 149/1994", denunció el texto, aludiendo a una norma adoptada por el Consejo de Estado en la década de los 90 en pleno período especial, conocida entre los cubanos como la “Ley contra los macetas”.
En Cuba a las personas con dinero o propiedades se les nombra popularmente "macetas" o "mazorcas".
La directora de Cubalex, la abogada Laritza Diversent, ha venido denunciando el hostigamiento contra la organización disidente.
A comienzos de octubre, Diversent adelantó que tanto el operativo para desmantelar la sede, en el barrio El Calvario, como una eventual acusación de enriquecimiento ilícito en contra de sus miembros, podía ser la respuesta a un "Informe sobre la situación de la libertad de expresión y opinión en Cuba” que ella presentó a mediados de agosto al Relator Especial sobre ese tema del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
El Decreto "contra los macetas" establece medidas ejemplarizantes contra quienes roban, especulan y desvían recursos del Estado, realizan actividades de mercado negro y otras formas de enriquecimiento que lesionan los intereses sociales, comentó el texto.
"La Fiscalía pretende utilizar el interés social para criminalizar nuestras actividades en defensa de los derechos humanos. Ese fue el argumento que utilizó la Ministra de Justicia, María Esther Reus, para negar la legalización y registro de Cubalex, el pasado 31 de septiembre", agregó.
La funcionaria del Estado cubano expresó que "nuestros objetivos atentan contra la existencia y fines del Estado Socialista, actos que sanciona la Ley No. 88/99, “Ley Mordaza”".

El precio por defender los DDHH en Cuba

Cubalex es una organización no gubernamental sin ánimo de lucro y de acción social.
"Defendemos y promovemos los Derechos Humanos. Un tema politizado por el Estado cubano y por el que nos califica como un grupúsculo de mercenarios que reciben fondos de organizaciones radicadas en los Estados Unidos. Argumento válido a las autoridades para justificar la ilicitud de nuestras actividades en virtud de la Ley Mordaza", explicó el comunicado.
La nota dijo que las autoridades han mostrado a miembros de la organización documentos financieros del grupo, "obtenidos de manera subrepticia, manipulados, y publicados en páginas web afines al gobierno, que desacreditan nuestro trabajo".
Los interrogadores han preguntado a los miembros de Cubalex "cómo llegaron a la organización, cuáles son sus funciones dentro de la misma, cuanto cobraban y si conocen de donde salía el dinero, si sabían que no podíamos funcionar como organización sin estar legalizados".
"Estas preguntas demuestran que intentan buscar normas penales para criminalizar nuestras actividades. La información obtenida puede ser utilizada por los funcionarios actuantes como elementos de prueba en un proceso penal, que han advertido se abrirá, cuando concluya la investigación administrativa", agregó la nota.
La organización instó al gobierno cubano a "que se abstenga de hostigar a las personas atendidas por nuestra oficina, a los miembros de nuestro equipo, y criminalizar nuestras actividades".
"A la vez, pedimos a la comunidad internacional que se pronuncie contra estos actos de acoso y posibles represalias", exhortan los miembros de Cubalex.


Luis Leonel León / El Blog de Montaner / Octubre 29, 2016

“Creerle a Obama en la cuestión cubana es un absurdo”, así resume el periodista y escritor Carlos Alberto Montaner su opinión respecto a la reciente abstención de EEUU en Naciones Unidas sobre la ley de embargo a Cuba.
En esta ocasión, con las abstenciones de Israel y EEUU a la resolución de condena al embargo presentada por CUBA ante la ONU, por primera vez en 25 años, el régimen de La Habana encuentra un argumento real para proclamar una victoria rotunda en esa votación.
Cuando el 17 de diciembre de 2014 el presidente Obama anunció el proceso de normalización de las relaciones con el régimen cubano, desde mucho antes ya había expresado su intención de eliminar la ley del embargo, pues, a su entender, en medio siglo de aislamiento económico hacia la isla no se habían obtenido frutos.
Desde entonces no pocos han criticado sus concesiones al régimen de los Castro, sobre todo cuando su administración ha tenido que reconocer la ausencia de avances en materia de libertades por parte del Gobierno de La Habana. Incluso varias instituciones internacionales de Derechos Humanos plantean más bien un retroceso, por el aumento de los arrestos y la represión contra los opositores en la isla.
Pese a esto, a muchos sorprendió que por primera vez EEUU se abstuviera en la ONU de emitir un voto en contra de una de sus propias leyes, en este caso el embargo a Cuba impuesto en 1960 y codificado en 1996 con la ley Helms-Burton.
“No lo esperaba -precisó Montaner en entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS-. El año pasado la representante ante la ONU hizo lo correcto y defendió a EEUU ante una resolución en su contra auspiciada por Cuba. El embargo norteamericano es la ley del país y se supone que su diplomacia esté ahí para defenderla”.
Para el analista, la decisión de este histórico giro se basó “en el deseo de Obama de poner presión sobre el Congreso para que levante el embargo, pues supone que no ha conseguido destruir al castrismo, cuando su función primero era castigarlo por la confiscación de las propiedades norteamericanas sin compensación, y luego formó parte de la estrategia de contención”. 
Según el especialista en temas cubanos, la abstención de EEUU significa “una victoria política y propagandística para la dictadura de los Castro, y sirve para sustanciar su solicitud de compensación económica a EEUU”.

Qué ha sido y qué queda del embargo a Cuba

Mucho se habla del embargo, pero no muchos saben de qué realmente se trata, más allá de la propaganda de víctima que se hace Cuba a sí misma. “El embargo no es otra cosa que una serie de restricciones al comercio entre dos países. La dictadura cubana no tiene acceso a créditos norteamericanos, pero es legítimo que los gobiernos no financien a sus enemigos, especialmente cuando estos acostumbran a no pagar. En cuanto a comprar, Cuba puede hacerlo casi sin limitaciones, siempre que pida el correspondiente permiso. EEUU es el principal suministrador de alimentos y medicinas de la isla, unas veces como donaciones caritativas de iglesias, y otras por compras directas de Cuba. Y queda, además, el apoyo político que significa que EEUU otorgue más de 20.000 visas anuales, y el económico, mediante el envío de remesas”.

El mundo sabe muy poco de la realidad cubana

“De la realidad cubana, salvo lo que dice Cuba, se sabe poco. Hasta hace unos años existían en el Departamento de Estado unos diplomáticos encargados de explicar la política norteamericana hacia Cuba, pero eso fue eliminado. También existió una iniciativa para que se condenara la dictadura por sus violaciones de los Derechos Humanos, pero luego dejaron de hacerlo. Durante muchos años la ONU condenó al régimen por atropellar a los cubanos, pero desde que EEUU o la República Checa abandonaron esos esfuerzos ya nadie se ocupa del asunto”.

El aislamiento ha funcionado mejor

La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Samantha Power, justificó este cambio político con el mismo argumento reiterado por Obama en los últimos dos años: que la anterior estrategia de aislamiento no estaba funcionando, y que en lugar de aislar a Cuba lo que habían estado haciendo era aislar a EEUU, incluso en la ONU.
“Hay una vieja discusión entre las dos estrategias. La que objetivamente funcionó mejor fue la del aislamiento. Si la URSS colapsó fue por la firmeza americana, combinada con la improductividad del sistema. Pensar que si se le hacen concesiones la dictadura se ablandará, es una tontería. Esto era la Ospolitik que defendieron los alemanes de Willy Brandt en los setenta y ochenta. Afortunadamente, no les hicieron caso”.

Víctimas de la crueldad de Washington y no un enemigo tenaz

Montaner afirma que a través de la abstención de EEUU, los Castro transmiten aún más la percepción de que han sido “víctimas de la crueldad de Washington, cuando se trata de un enemigo tenaz de EEUU. Al principio de la revolución, Castro le atribuía todos los males del país al sistema de intercambios comerciales con EEUU y a los precios impuestos por el imperialismo yanqui. Pasó el tiempo y los males de Cuba se debían a que EEUU dejó de explotar a Cuba declarando el embargo”.

Beneficios y perjuicios

Según Montaner, esta abstención no tiene ningún aspecto positivo para el Gobierno de Obama ni para el próximo. “Si dentro de un año continúa el embargo, Cuba volverá a la carga. En cuanto al régimen cubano, casi todo beneficia. No hay nada que lo perjudique. Por eso el canciller cubano le dio las gracias a Obama. Si se elimina el embargo y los Castro acceden a crédito norteamericano, la factura acabarán pagándola los estadounidenses con sus impuestos. Cuba no puede pagar porque el sistema es tremendamente improductivo. Y al cubano de a pie, no lo beneficia en nada objetivo. Pero tendrá la ilusión de que las cosas pueden mejorar”.
EEUU declaró que su deseo de eliminar el embargo no significa que estar “de acuerdo con todas las políticas y prácticas del gobierno cubano”, y reiteró su preocupación por las “graves violaciones de los derechos humanos” que el régimen comete contra su pueblo. Para Montaner, este discurso es “simplemente lo que los españoles llaman un Brindis al Sol: un gesto insustancial para la galería”.

¿Haría concesiones el régimen cubano?

Para el intelectual cubano, el totalitarismo habanero no hará ninguna concesión. “Obama, en cambio, puede perdonar a Ana Belén Montes, presa por conspirar para cometer espionaje a favor del gobierno cubano. Ha dicho que no lo hará, pero también dijo que no cambiaría la política sin una apertura cubana, y mintió”.