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Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, entre los detenidos de la jornada

CubaNet / Enero 2, 2017

MIAMI, Estados Unidos.- Opositores cubanos reportaron a través de redes sociales que este primero de enero ocurrieron varias detenciones y casos de asedio policial para impedir las manifestaciones contrarias a las celebraciones oficiales por el “aniversario 58 de la revolución”.
El opositor Iván Hernández Carrillo, secretario general de la Asociación de Sindicalistas Independientes de Cuba, denunció en Twitter el arresto de la líder de las Damas de Blanco, Berta Soler.
Asimismo reportó la detención de su esposo, el exprisionero político del Grupo de los 75, Ángel Moya.
Tanto Soler como Moya fueron arrestados cuando se dirigían a la Catedral de La Habana para asistir a la Misa de la Paz. Fueron liberados pocas horas después, una práctica común por parte de la policía cubana. 
Hernández Carrillo también reportó el arresto en la madrugada del domingo del opositor Alejandro Morales Alonso, debido a que este portaba un cartel donde decía: “Abajo Castro y el hambre que inventó el 1 de enero de 1959”.
Marchas opositoras fueron impedidas por la Seguridad del Estado. El propio Ángel Moya también había reportado la vigilancia frente a la sede de las Damas de Blanco y otros activistas de derechos humanos.
Cada primero de enero se celebra la llegada al poder de la revolución de 1959, liderada por Fidel Castro, quien murió hace poco más de un mes a los 90 años.
Antonio Rodiles, en entrevista con Martí Noticias

Rosa Tania Valdés / Martí Noticias / Enero 3, 2017

El opositor cubano, conocido por su frontal oposición a la política de acercamiento de Barack Obama a Cuba, respondió a preguntas sobre temas clave del contexto político cubano actual.
Impedir que el gobierno cubano intente legitimarse dando luz verde a una supuesta oposición que algunos definen como "leal" es un tema clave dentro de Cuba, de cara a las elecciones previstas para el 2018 en que deberá concluir el mandato de la generación histórica.
De este y otros temas conversó Martí Noticias con el opositor cubano Antonio Rodiles, impulsor del Foro de Derechos y Libertades y líder del proyecto Estado de Sats.
A continuación, la entrevista íntegra realizada telefónicamente a Rodiles y respondida desde La Habana.

¿Qué espera la oposición, estrategias para el 2017?

"Espero más represión y violencia por parte del régimen, más apoyo por parte de la comunidad internacional, en especial de la nueva administración del presidente electo Donald Trump. Creo que el régimen va a intentar lo que estuvo haciendo durante la administración de Obama y le funcionó, que es mano de hierro con el cubano y guante de seda para el gobierno norteamericano", dijo.
"En base a eso nosotros seguiremos trabajando en lo que estamos haciendo, en la campaña desde el Foro por los Derechos y Libertades, la Campaña Todos Marchamos, en visualizar todo el trabajo de la represión dentro de la isla y el contacto con la población cubana, dándole información sobre la realidad actual y las propuestas del Foro por Derechos y Libertades", agregó Rodiles.

¿En qué medida la desaparición física de Fidel Castro puede ayudar a impulsar lo que la oposición ha pedido por años?

“Creo que Fidel Castro políticamente ya no jugaba un rol directo, pero sí su sombra era usada por Raúl Castro todo el tiempo para avalar los pasos que daba. Creo que ellos ahora de alguna forma se sienten sin el gurú, sin esa sombra, y eso los está haciendo estar mucho más nerviosos y comportarse mucho más reactivos. Veremos qué ocurre internamente dentro del régimen en la medida que ellos aumenten la represión", comentó.

 De izq. a der. Mario Diaz Balart, Alex Mooney. Ileana Ros Lehtinen, Carlos Curbelo, Antonio G Rodiles y Ailer González.

¿Qué espera de la nueva presidencia estadounidense?

“Lo primero que debe ocurrir es que la nueva administración acepte al exilio y a la oposición, en especial a quienes nos enfrentamos directamente al régimen como actores políticos formales de ese proceso político que está ocurriendo del gobierno norteamericano con la dictadura actual en Cuba. Es necesario que la oposición y el exilio se integren a ese proceso político y que nuestras demandas y posicionamientos estén presentes en esto", expresó.
"Me parece que es fundamental que el régimen sea tratado como lo que es: una dictadura y no como un gobierno legítimo”, dijo.

¿Expectativas respecto al pueblo cubano, hasta ahora apático y desesperanzado?

"Todo esto que estamos viendo no es nada extraño, se ha visto en otros países también, son mecanismos de sobrevivencia hacia un régimen que se comporta completamente impune, y ante una comunidad internacional que da la espalda al pueblo cubano", consideró.
"En la medida en que haya más apoyo directo y concreto al pueblo cubano, a la oposición, la mayoría que hoy no se atreve a actuar, que no se atreve a expresarse, -aunque ya hablan mucho más que antes-, lo haga y terminen expresando sus deseos de libertad”, añadió.

¿Podría el gobierno cubano dar luz verde la nombrada "oposición leal" si aumentaran las presiones de la comunidad internacional cuando solo falta un año para las elecciones que deberán sacar del ruedo político a los líderes históricos?

"Precisamente como respuesta a eso fue el surgimiento del Foro por los Derechos y Libertades. Nosotros hemos visto con mucha preocupación que incluso algunos actores que se consideran oposición han entrado en la idea y en supuestos proyectos que permitieran al régimen legitimarse. Tengo que decirlo muy claro, a mí me preocupan muchísimo todos estos proyectos que están basados en unas supuestas elecciones que se harán en el 2018. Creo que eso es una falacia muy contraproducente", expresó categórico.
"Estamos en el Foro precisamente para hacer un llamado a todas estas posibles maniobras del régimen y para marcar qué cosa no debe negociarse con una dictadura como la actual. Creo que el tema de los derechos y libertades fundamentales tienen que ser el eje de cualquier tipo de proceso".
"Creo que sí, creo que el régimen puede tratar en cualquier momento de usar una estrategia distinta, pero hay que esperar que el tiempo corra", concluyó.

  • Jaime Bayly también entrevistó al opositor cubano Antonio G Rodiles. Aquí puede ver la entrevista en su totalidad.  






¡Qué maravilla!, por ALEN LAUZÁN

El año que pasó, visto con humor

Diario de Cuba / Enero 3, 2017  

'#FreeElSexto', diciembre de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Caíste', noviembre de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Llorar en Obamaternidad', octubre de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Compañera Madonna', septiembre de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Exhumano', agosto de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Palabras de Raúl a los "Indescongelables"', julio de 2016. (ALEN LAUZÁN)

¡Qué maravilla!, junio de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Granmobama', mayo de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'¿Voy bien, Fidel?', abril de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'The Falling Stones', marzo de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Gourrieles', febrero de 2016. (ALEN LAUZÁN)

'Sí se puede', enero de 2016. (ALEN LAUZÁN)


Imagen tomada de Internet


Alexis Jardines / Miami, Agosto 2016

El régimen cubano parece inmune a los factores que canalizaron la transición en los países de la Europa del Este: nacionalismo, oposición, perestroika, nomenklatura, un Václav Havel, la policía política (como en el caso de Rumanía), etc. Téngase en cuenta que los Castro no solo sobrevivieron los efectos de la perestroika, sino que la apertura de las fronteras ―gesto letal para cualquier sistema totalitario― la han practicado voluntariamente y sacándole provecho.
Desde el punto de vista de la filosofía política es muy difícil explicar por qué se conserva el castrismo. En términos ideológicos, el marxismo-leninismo fue el elemento cohesionador, sin embargo, desde los noventa la dupla dólar/CUC ha ido desplazando al marxismo al punto de convertirse en ideología nacional. Si algo comparten gobierno y población, represores y reprimidos es la fiebre de la divisa. Si hay un lugar donde todo, sin excepción, tiene un precio, ese lugar es Cuba. La idea, pues, de la unidad en torno al Partido y su ideología comunista quedó sepultada por el dólar. En la actualidad el Partido, en su base, lejos de ser esa unidad monolítica se caracteriza cada vez más por el descontento y la divergencia, mientras en su cúspide se ha ido transformado paulatinamente en un board de magnates. Y no se confunda esto último con capitalismo, por favor.
La situación económica, se sabe, no puede ser peor. Ningún país prospera cuando su riqueza se concentra en manos de una decena de familias cuyas ideas han destruido todo el tejido del libre mercado y su necesaria expansión. ¿A dónde va Cuba con una deuda impagable que, aun cuando sea condonada o renegociada en parte, como viene sucediendo, quedaría a merced de los intereses bancarios en una situación de falta crónica de liquidez? ¿A dónde va Cuba con una población envejecida y un éxodo imparable de lo mejor de su ruinoso capital humano? ¿Cómo aumentar la eficiencia, el capital y la rentabilidad de las empresas en un país no capitalista, sin libre mercado y sin propiedad privada como fundamento del sistema?
Lo único claro que parece aflorar tras todo ese entramado de sinsentidos es que Cuba está paralizada, porque el menor cambio arruinaría todo el sistema socialista de Partido único. Reflexionemos: las medidas que Raúl ha llamado eufemísticamente reformas o actualización han estado destinadas a conservar el statu quo, incluyendo aquí la nueva ley migratoria, que aprovecha astutamente las bondades de la Ley de Ajuste Cubano para poblar el exilio de castristas, pero también ―y, más bien― para eliminar la presión de la olla y evitar así una explosión social. Ya me he referido a esto antes.
Otro ejemplo, entre tantos, podría ser la dualidad monetaria. Mantenerla es perjudicial para la economía y eliminarla mediante la unificación es perjudicial para el régimen. De tal suerte, se genera una situación de inmovilismo. La economía cubana necesita una sola moneda, pero la unión monetaria implicaría la ruina de las empresas estatales que funcionan con el CUP o peso cubano. No es posible unificar la moneda con una tasa de cambio de 1: 24. Y para acercarse al menos a la paridad con el dólar habría que aumentar la competitividad de las empresas a tal punto que se lograra un aumento sustancial de la liquidez de sus activos. ¿Cómo puede ser esto viable? Mediante dos caminos que al final convergen. El más largo implica el desmontaje de la economía socialista y la adopción del libre mercado y la propiedad privada, en fin, el capitalismo puro y duro. El más corto es la adopción del dólar americano como moneda oficial, pero sin el concurso de los Estados Unidos este último experimento no llegaría muy lejos. Fue lo que hizo el canciller Helmut Kohl cuando la unificación de Alemania: implantó por decreto una tasa de cambio de 1:1 para las dos monedas alemanas. El aumento salarial que presupondría la paridad monetaria debía aumentar la competitividad de las empresas de la Alemania del Este. Pero ello también redundaría en un aumento de la liquidez. Para el caso cubano los factores paralizantes serían el tema de la soberanía (tal y como el régimen lo concibe) y el enriquecimiento, no deseado por los Castro, de los cuentapropistas. Esto último podría dar pie a un sector privado no proveniente de las filas de los cuadros del Partido.
La solución del régimen de La Habana, en cambio, ha sido alimentarle el ego a Obama para que confunda legado y originalidad con concesiones unilaterales al gobierno cubano. La estrategia a largo plazo parece ser ―una vez permeado los medios, las universidades, buena parte del sector empresarial norteamericano y del Partido Demócrata de neocastrismo (es decir, castrismo comercial y financiero)― crear un pujante sector privado educado en las propias instituciones norteamericanas y compuesto por la poderosa red de lealtad (interna y externa) de la familia Castro. Sin embargo, el lado flaco de este punto de vista es que es completamente reversible.
Por último, quisiera reparar en el tema de la conectividad a internet. Sin ella no hay desarrollo en el mundo contemporáneo y, lo que es más, es ella el indicador fundamental del progreso de las naciones hoy día. Pero sucede que los sistemas socialistas son refractarios al internet debido a la naturaleza inclusiva de la red de redes, que la vincula genéticamente con el mercado, el capitalismo y la democracia. Como la democracia y siguiendo la lógica del mercado, internet no tiene ningún sentido si no se expande vorazmente, si no se ramifica de tal modo que pueda involucrar y conquistar cada vez un mayor número de usuarios. Esto constituye un serio peligro para la estabilidad de los regímenes colectivistas como el cubano, basado en la administración de la libertad y el reparto de privilegios. Cuba, con una de las tasas de conectividad más bajas del mundo, ha apostado por el modelo chino de internet con censura. De aquí se sigue que, en esencia, el sistema cubano es autodestructivo.
Así las cosas, me atrevería a decir que, junto a internetlos vectores principales de la transición cubana a la democracia son: la siempre imprescindible presión en las calles, la escisión interna del Partido Comunista (único) y los efectos crecientes del inmovilismo. Todo ello teniendo como telón de fondo la negativa gubernamental al enriquecimiento ciudadano ―que en la práctica se traduce en la imposibilidad del cubano de a pie de salir de su ruinosa situación material― y la incapacidad de los gobernantes de arreglárselas con las tendencias autofágicas del monstruo que ellos mismos crearon.
Sumida cada vez más en una situación de ingobernabilidad, Cuba se asienta hoy sobre puras ruinas. Agotada la ayuda soviética y las posibilidades de saqueo de Venezuela al modelo cubano no lo salva ya ni la mano de Obama. Incluso, en un escenario post castrista, podría continuar ocurriendo lo que le ocurrió a la RDA a pesar de haber sido reconstruida y generosamente beneficiada tras la unificación: un imparable éxodo en medio de un notable envejecimiento poblacional.
La respuesta a la pregunta de por qué se conserva el castrismo no es tan compleja. Lo que se conserva es la desnuda estructura de poder en manos de un selecto grupo ávido de dinero. Y la causa fundamental de esa conservación ―más allá de la represión― es que los cubanos han perdido la fe en el futuro: con embargo o sin él, no quieren seguir viviendo en el Tercer Mundo. La Cuba de hoy y la de mañana no les interesa. 
La nación necesita ser refundada y no con paños tibios y tácticas de aletargamiento destinadas a empoderar a los leales al régimen, sino ―pura y simplemente― con derechos y libertades individuales. Ahora bien, de un lado está la libertad (que nos une a todos) y del otro la Revolución (que nos divide). Usted decide.



Andrés Oppenheimer / El Nuevo Herald / Noviembre 26, 2016


No es elegante criticar a alguien que acaba de morir, pero viendo los mensajes de jefes de estado de todo el mundo exaltando la supuesta valentía del recién fallecido gobernante cubano Fidel Castro, hay que decir la verdad: Castro fue todo menos un valiente. Por el contrario, fue un cobarde.
En primer lugar, fue un cobarde porque no permitió una elección libre en 57 años, desde que asumió el poder en 1959. Sólo alguien que tiene miedo de perder no se anima a medirse con otros en elecciones libres.
En segundo lugar, Castro fue un cobarde porque nunca permitió un solo periódico independiente, o estación de radio o televisión no gubernamentales. Sus críticos ni siquiera tenían acceso a los canales oficiales. Era como si no existieran.
Castro daba la enorme mayoría de sus entrevistas a periodistas, modelos o figuras deportivas que le rendían pleitesía. Y las pocas entrevistas que dio a los periodistas serios fueron monólogos, en los que él hablaba todo el tiempo.
Recuerdo que a finales de la década de 1980, cuando le pedí al premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez que intercediera por mí para pedirle una entrevista con Castro, se rió y me dijo: “¿Para qué quieres una entrevista con Fidel? Él nunca dice algo en una entrevista que no haya dicho en uno de sus discursos de cinco horas”.
El temor de Castro de perder su imagen omnipresente de Máximo Líder era tal que había prohibido a los medios hablar sobre su vida privada. Tenía que ser retratado como un semidios que había sacrificado su vida para el bien público. Durante décadas, el nombre de su esposa y sus hijos fueron un secreto de Estado.
En un viaje a Cuba a principios de la década de 1990, un periodista del diario Juventud Rebelde de la juventud comunista me dijo que había sido reprendido por su jefe por tratar de publicar una foto de Castro comiendo en una cena. El comandante nunca podría ser mostrado comiendo, me dijo el periodista.
Incluso las circunstancias de la muerte de Castro pueden haber sido un montaje gubernamental: los medios oficiales cubanos dicen que murió el 25 de noviembre, que es el mismo día en que Castro y sus guerrilleros salieron del puerto mexicano de Veracruz en el yate Granma en 1955 para iniciar su insurrección armada en Cuba.
¿Habrán trucado la fecha de su muerte para mostrarla como un viaje heroico hacia el más allá, que coincide con la fecha del inicio de su gesta revolucionaria hace seis décadas?
Tercero, Castro fue un cobarde porque no permitió ningún partido político independiente. Según la Constitución cubana redactada por Castro, sólo el Partido Comunista –que él presidió durante décadas– está permitido en la isla.
Castro usó el embargo comercial estadounidense como una excusa para prohibir partidos políticos independientes o libertad de reunión. Incluso después de que entregó la presidencia a su hermano Raúl, aunque siguió siendo una poderosa figura detrás de bambalinas, el régimen cubano intensificó la represión a la oposición pacífica a pesar de la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba que inició el presidente Obama en 2014.
Según la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional de Cuba, un grupo no oficial, los arrestos políticos documentados se han disparado de 6,424 en 2013 a 9,125 en lo que va de este año.
En cuarto lugar, Castro fue un cobarde porque nunca permitió a las instituciones financieras internacionales monitorear o verificar las alegres estadísticas económicas de su gobierno.
Castro se jactaba de que Cuba redujo la pobreza y mejoró la salud y la educación, y gran parte de la prensa internacional se lo creyó sin cuestionamientos. Pero a diferencia de la mayoría de los países, Castro nunca permitió que el Banco Mundial u otras instituciones internacionales creíbles realizaran estudios independientes en la isla.
Se jactaba de los avances educativos de Cuba, pero nunca permitió que Cuba participara en las pruebas del Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA). De hecho, muchos estudios demuestran que otros países como Costa Rica hicieron más progreso social que Cuba, sin pagar el precio de ejecuciones masivas, encarcelamientos y exilios.
En quinto lugar, Castro nunca permitió a organizaciones internacionales de derechos humanos llevar a cabo investigaciones in situ sobre los abusos contra los derechos humanos. Según el grupo de investigación Cuba Archive (cubaarchive.org), Castro fue responsable de 3,117 casos documentados de ejecuciones y 1,162 casos de ejecuciones extrajudiciales. En cualquier otro país, habría sido declarado un criminal de guerra.
Lo siento, pero no me impresiona para nada la narrativa convencional de que Castro fue un valiente revolucionario que desafió a 10 presidentes de Estados Unidos y sobrevivió a innumerables intentos de asesinato.
Los líderes valientes son aquellos que tienen el valor de competir con otros en elecciones libres. Castro era un cobarde que nunca se atrevió a permitir que su gente ejerciera sus derechos básicos, y que condenó su isla a la miseria.
Su muerte tendría que ser un recordatorio de que no hay tal cosa como un dictador bueno. Ya se trate de un autócrata derechista como Augusto Pinochet o de un izquierdista como Castro, todos los dictadores son malos y, en el fondo, cobardes.





Carlos Alberto Montaner / El Blog de Montaner / Noviembre 26, 2016


Muerto Fidel Castro, tibio todavía su cadáver, surgen varias preguntas urgentes. ¿Cómo fue posible el castrismo? ¿Por qué Cuba se convirtió en la única dictadura comunista de América Latina? ¿Cuál era la esencia de un régimen que ha durado más de cinco décadas, convirtiéndose en la dictadura más larga de la historia de América Latina? ¿Habrá un castrismo sin Castro?
Como resulta inevitable, para entender este excéntrico fenómeno es preciso remitirse a la historia de la república cubana. Fidel Castro ni cayó del cielo ni ascendió desde el infierno. Fue el producto de ciertas ideas y actitudes que existían en la Cuba de sus años formativos. Lo parió el país, porque la tierra había sido previamente cultivada para dar esos o parecidos frutos.
Nacido en 1926, a principios del gobierno del general Gerardo Machado, quien enseguida comenzó a mostrar su dureza y falta de respeto por los derechos humanos, el niño Castro creció entre los rumores de violencia que seguramente llegaban a su remota finca de Birán, en el oriente de Cuba. En 1933, finalmente, y tras cruentos enfrentamientos entre diversos grupos insurrectos, el dictador huyó del país.
¿Qué herencia política más visible dejaba este episodio? No era, ciertamente, el amor por la democracia y las libertades, sino el culto por la redentora violencia revolucionaria. La idea predominante en el país era que la justicia, la honradez y la prosperidad vendrían de la mano de unos revolucionarios armados con pistolas e iluminados por la voluntad de guiar al pueblo hacia un destino fulgurante.
A la espera del Mesías
Nadie, o muy poca gente, pensaba entonces en la importancia de las instituciones o en el Estado de Derecho para enderezar el país. Se esperaba la llegada de un Mesías revolucionario. Se buscaba un líder salvador. Para algunos era Grau, para otros, Chibás o hasta Batista. Esa –el mesianismo– era una actitud muy generalizada en la sociedad cubana. Mala cosa para construir una democracia respetable. Pero junto a ella había otras creencias que comenzaron a abrirse paso rápidamente: el buen revolucionario no solía tener el menor respeto por la propiedad privada.
En los años treinta, en Cuba y en todas partes, se extendió la creencia de que la pobreza de una parte sustancial de la sociedad se debía a los bienes que otros poseían. Lo que uno tenía siempre se lo había quitado a otro. El capitalismo era sustancialmente depredador. Eso no quiere decir que la sociedad suscribía la cosmovisión marxista, mucho más compleja y elaborada, sino que se había popularizado un juicio sumario contra la economía de mercado y el «estado burgués». Ser revolucionario, pues, consistía en distribuir la riqueza existente entre los desposeídos.
A la incriminación general del capitalismo, en Cuba se añadía un componente internacional: quien con mayor avidez y codicia representaba esas fuerzas explotadoras era Estados Unidos, primer inversor extranjero en la isla. Desde los años veinte se oye en Cuba, de manera creciente, el clamor contra el imperialismo yanqui en el terreno económico. Para algunos cubanos –tal vez para muchos– la tutela norteamericana era una forma humillante de injerencia. Otros, en cambio, la veían como una especie de seguro contra los impulsos autodestructivos de la clase dirigente.
Gánsters
El tercer ingrediente que nutre la cultura política que le da vida a Castro es el gansterismo político. Las organizaciones políticas surgidas al calor de la lucha contra Machado desovaron diversos grupos armados que se hacían la guerra en las calles, fundamentalmente, de La Habana. No fueron grandes matanzas –el total de muertos a lo largo de dos décadas no alcanzó el centenar–, pero imprimieron en la juventud, y muy especialmente en la que se asomaba a la política, una perniciosa admiración por los «muchachos del gatillo alegre», como los calificara un periodista de la época que tradujo del inglés el apelativo de la banda de Al Capone.
Había pandillas armadas en las universidades y en los sindicatos cubanos. Había ministros y senadores que se rodeaban de pandilleros. Todos los partidos políticos -incluidos los comunistas, naturalmente- tenían sus «hombres de acción», es decir, unos cuadros destacados que siempre estaban dispuestos a disparar o liarse a golpes contra adversarios de similar inclinación por la violencia.
Pero lo terrible es que todo esto sucedía en medio de una atmósfera de adulación y temor que embargaba a casi toda la ciudadanía. Los nombres de los jefes pandilleros se pronunciaban con respeto. Algunos de ellos aspiraban al Parlamento y alcanzaban actas de representantes o senadores. Fidel Castro, en su juventud, perteneció a una de esas pandillas y protagonizó hechos de sangre como parte de su esfuerzo por construirse una buena biografía. Un político, para triunfar en esa Cuba, antes que talento, decencia e ideas, debía exhibir una masa testicular abundante.
Ahí están los cuatro elementos clave de la atmósfera en que se cría y respira Fidel Castro: el mesianismo revolucionario, siempre trufado por el desprecio al Estado de Derecho; la condena del capitalismo como un sistema explotador causante de graves iniquidades; el antiyanquismo, por esquilmar a los trabajadores cubanos y por las ofensivas injerencias en los asuntos internos de la isla; y el culto por la violencia política, que siempre implica una estructura jerárquica basada en la intimidación del más débil por el más fuerte y audaz.
A este substrato general, Fidel Castro le agregó sus circunstancias particulares. Durante su bachillerato, que coincidió con la Segunda Guerra Mundial, lo educaron los jesuitas falangistas provenientes de la Guerra Civil española. El mensaje que estos sacerdotes traían no era muy divergente del de los revolucionarios cubanos: era antidemocrático, anticapitalista y antiyanqui. Eran los tiempos en que la España de Franco reivindicaba el resurgimiento de la Hispanidad como la respuesta latina y católica contra el grosero mundo anglosajón y protestante.
Tampoco era un mensaje que rechazara la violencia. Y todos estos valores y creencias se instalaban en una personalidad que desde la adolescencia mostraba los rasgos autoritarios y egocéntricos del tipo de psicopatología que los especialistas describen como «narcisista». Fidel era un narcisista de libro de texto pero, además, se sentía capaz de realizar las mayores hazañas y tenía la audacia para intentarlas. Eso formaba parte de su grandiosa autopercepción.
No es este el lugar de consignar la historia de la insurrección de Castro, mas debemos resumirla en un párrafo: en 1952, a pocos meses de unas elecciones en las que Fidel, por cierto, era candidato a congresista por un partido socialdemócrata, Fulgencio Batista da un golpe militar y derroca al presidente legítimo Carlos Prío Socarrás. A partir de ese momento, como ocurriera contra Machado veinte años antes, diversos grupos recurren a la violencia para tratar de desalojar del poder al dictador. Todos –y entre ellos el que crea y lidera Fidel Castro, el Movimiento 26 de Julio– prometen restaurar las libertades conculcadas y restablecer la democracia.
Finalmente, la noche del 31 de diciembre de 1958 Batista huye de Cuba y la oposición se apodera de los resortes del poder. Ocho días más tarde, Fidel Castro entra triunfalmente en La Habana al frente de sus guerrilleros barbudos. Su liderazgo se ha impuesto por encima de los demás grupos insurrectos.
¿Qué se propone hacer Castro? Públicamente, ha renegado del comunismo y prometido elecciones y democracia, pero secretamente ha decidido «hacer la revolución». Su radicalización ha sido progresiva desde el asalto al cuartel Moncada en 1953. En el exilio mexicano ha conocido al Che Guevara, quien viene del fallido episodio izquierdista del guatemalteco Jacobo Arbenz.
Su revolución
¿Qué es para Castro «hacer la revolución»? Sin duda, llevar hasta las últimas consecuencias las premisas que flotaban en el ambiente en que construyó su visión de la realidad política y social: si el capitalismo y la empresa privada eran nocivos, había que sustituirlos por el Estado-empresario. Si los norteamericanos eran unos explotadores que habían humillado a los cubanos durante décadas, había que echarlos del país y salir a combatirlos en todos los escenarios. Si la burguesía cubana era aliada de los yanquis, ¿qué otro trato merecía que la privación de sus bienes, la cárcel o el destierro? Si la política cubana había estado plagada por las desvergüenzas y la corrupción, lo correcto era imponer una sola y disciplinada voz: la de la revolución, es decir, la de él mismo auxiliado por un partido único.
Ademanes fascistas
¿Cómo podía calificarse Castro en el terreno ideológico? Era un revolucionario radical, anticapitalista y antiyanqui, dotado de temperamento y de ademanes fascistas. Sólo que por ese camino, en medio de la Guerra Fría, se desembocaba en el comunismo y en el modelo soviético, porque solamente la URSS podía insuflar forma y sentido en la banda armada, desorganizada y caótica que había tomado el poder en Cuba, y servirle de guardaespaldas al régimen frente a Washington.
La reacción de los cubanos ante Castro fue de absoluto e ingenuo fervor. El Mesías revolucionario había llegado a salvarlos. Y como la ciudadanía no sentía demasiado respeto por las instituciones, ni entendía la esencia del Estado de Derecho, porque vivía inmersa y anestesiada por la cultura revolucionaria, no parecen haber sido muchos los cubanos que se horrorizaron con los juicios sumarios tras los que se fusilaron a cientos de militares acusados de asesinatos y torturas al servicio de Batista.
También es posible que en esos años la mayoría del país apoyara la incautación de la prensa libre, la intervención de las escuelas privadas o la confiscación del aparato productivo, atropellos a las libertades acompañadas por la arbitraria y muy populista reducción de los alquileres de las viviendas en un 50 por ciento, medida inmediatamente aplaudida. Era el preludio para luego confiscarlas.
Escasa resistencia
Igual sucedió con el comercio importante y las grandes industrias. Todo sucedió vertiginosamente entre los años 1959 y 1960; y, aunque hubo oposición armada y alzamientos campesinos, la verdad es que la resistencia ante la apisonadora revolucionaria no fue masiva ni espectacular. Vivir en una cultura revolucionaria había debilitado los mecanismos defensivos de la sociedad cubana.
El grueso de la oposición más decidida prefirió huir que enfrentarse a Castro, aunque en el exilio unos mil quinientos jóvenes, organizados por Estados Unidos, lanzaron la fracasada invasión de Bahía de Cochinos. Prevalecía entonces la idea de que Washington no podía permitir la entronización de un satélite de Moscú a noventa millas de sus costas. Los marines pondrían orden en el alterado manicomio de siempre. Y lo más prudente parecía ser contemplar estos toros desde la barrera del exilio.
Pero, además de hacer la revolución en el terreno económico y político de acuerdo con el modelo leninista importado de Moscú, Fidel Castro le dio otro sentido parcialmente distinto a su gobierno: desde el año 1959 se convirtió en el paladín de la causa comunista en el planeta. Organizó, financió y adiestró expediciones de insurrectos a medio planeta. Sentía la necesidad imperiosa de reproducirse. Su verdadero leit motiv era ése y no la transformación del país.
Su sueño consistía en que en cada rincón del mundo un pequeño grupo de guerrilleros armados desatara una revolución antiimperialista, antiyanqui, anticapitalista que repitiera su triunfo político. Su narcisismo lo impulsaba a tratar de influir en los destinos del planeta. No se resignaba a ser el abrumado administrador de una pequeña isla cañera del Caribe empeñada en cumplir con absurdos o quiméricos planes quinquenales. Castro quería ser Bolívar, Napoleón, Alejandro Magno.
Angola y Etiopía
Para realizarse, Castro necesitaba triunfar a escala planetaria, lo que le llevó a enviar a decenas de miles de soldados cubanos a las guerras de Angola y Etiopía durante más de 15 años, conflicto que supera en tiempo, y probablemente en bajas en combate, a las dos guerras de independencia que tuvo Cuba en el siglo XIX.
El comandante, en suma, acaba de morir tras una larga enfermedad que lo apartó del gobierno desde 2006, pero su régimen comenzó a agonizar mucho antes, en el momento en que Gorbachov desató la perestroika, agravándose después, en 1989, con la caída del muro de Berlín, antesala de la desaparición del Bloque del Este, la disolución de la Unión Soviética y total descrédito del marxismo como referencia teórica.
¿Cómo resistió Castro este cataclismo? Al margen de la ayuda masiva otorgada por Hugo Chávez, la revolución ha resistido por el mismo procedimiento que Corea del Norte: no cediendo un milímetro de poder y no permitiendo la menor disensión en las filas del poder. ¿Podrá Raúl Castro mantener el mismo rumbo? Supongo que solo por cierto tiempo. El mesianismo no es transferible y la desmoralización ideológica de la clase dirigente es total.
Por otra parte, la cultura política que Castro lega es totalmente diferente a la que él recibió. Con Fidel Castro ha muerto más que un líder. La cultura revolucionaria también ha llegado a su fin en Cuba. Esto le abre las puertas a un futuro esperanzador para todos los cubanos.


Carlos Eire / The Washington Post / Noviember 26, 2016 

Uno de los dictadores más brutales de la historia moderna acaba de fallecer. Por extraño que parezca, algunos lamentarán su muerte y muchas notas necrológicas lo elogiarán. Millones de cubanos que aguardaron con impaciencia este momento durante más de medio siglo reflexionarán simplemente sobre sus crímenes, y recordarán el dolor y sufrimiento que causó.
¿Por qué esa discrepancia? Porque el engaño fue uno de los mayores talentos de Fidel Castro y la credulidad es una de las mayores debilidades del mundo. Genio en la creación de mitos, Castro se valió de la sed humana de mitos y héroes. Sus mentiras eran bellas, y muy seductoras. Según Castro y sus propagandistas, el objetivo de la así llamada revolución no fue crear un estado totalitario represivo y asegurar que él lo gobernara como monarca absoluto, sino eliminar el analfabetismo, la pobreza, el racismo, las diferencias de clase y todos los demás males conocidos por la humanidad. Esta audaz mentira se volvió creíble, gracias, en gran medida, a los incesantes alardes de Castro sobre la escolaridad y la asistencia médica gratuitas, que hicieron que su mito de la benevolente revolución utópica fuera irresistible para muchos desfavorecidos del mundo.
Muchos intelectuales, periodistas y gente cultivada del Primer Mundo también creyeron el mito — aunque habrían sido los primeros en ir a la cárcel o ser asesinados por Castro en su propio reino — y sus suposiciones adquirieron una intensidad similar a la de las convicciones religiosas. Señalar a estos creyentes que Castro encarceló, torturó y asesinó a muchas más personas, miles más, que cualquier otro dictador latinoamericano fue, generalmente, en vano. Su crueldad bien documentada, aunque se la reconociera, no cambiaba las cosas, porque se lo juzgaba de acuerdo a un aberrante código ético que escapaba a la lógica.
Ese desequilibrio moral kafkiano tenía, sin duda, un toque de realismo mágico tan escandalosamente inverosímil como cualquier cosa que Gabriel García Márquez, estrecho amigo de Castro, pudiera soñar. Por ejemplo, en 1998, alrededor del momento en que el gobernante de Chile, Augusto Pinochet, fuera arrestado en Londres por crímenes de lesa humanidad, el auto-ungido ‘líder máximo’ visitó España con bombos y platillos, sin que le causaran problemas, aunque sus abusos de los derechos humanos empequeñecían los de Pinochet.
Y lo que es peor, cada vez que Castro viajaba al exterior, muchos se derretían ante su presencia. En 1995, cuando fue a Nueva York a dirigir la palabra ante las Naciones Unidas, muchos de los personajes ilustres de esa ciudad maniobraron tan intensamente por tener la oportunidad de conocerlo en el penthouse de tres pisos del magnate mediático Mort Zuckerman, en la Quinta Avenida, que la revista Time declaró “¡Fidel Toma Manhattan!” Para no ser menos, Newsweek tildó a Castro de “La Mayor Atracción de Manhattan.” A ningún miembro de la elite que se codeó con Castro ese día pareció importarle que en 1962 apuntara armas nucleares contra sus cabezas.
Si éste fuera un mundo justo, se tallarían 13 hechos en la lápida de Castro y se los destacaría en todas las necrológicas, punto por punto.
●Convirtió a Cuba en una colonia de la Unión Soviética y casi causó un holocausto nuclear.
●Patrocinó el terrorismo donde pudo y se alió con muchos de los peores dictadores de la tierra.
●Fue responsable de tantas ejecuciones y desapariciones en Cuba que es difícil calcular un número preciso.
●No toleró discrepancia alguna y construyó campos de concentración, que llenó al máximo, a un ritmo sin precedentes. Encarceló un porcentaje mayor de su propio pueblo que la mayoría de los demás dictadores modernos, entre ellos, Stalin.
●Aprobó y promovió la práctica de la tortura y de los asesinatos extrajudiciales.
●Obligó al exilio a casi un 20 por ciento de sus compatriotas, muchos de los cuales hallaron la muerte en el mar, sin ser vistos ni contados, mientras se escapaban de él en burdas naves.
●Reclamó toda propiedad para sí mismo y para sus secuaces, cortó la producción de alimentos y empobreció a la vasta mayoría de su pueblo.
●Prohibió la empresa privada y los sindicatos, eliminó la amplia clase media cubana y convirtió a los cubanos en esclavos del estado.
●Persiguió a los homosexuales e intentó erradicar la religión.
●Censuró todos los medios de expresión y comunicación.
●Estableció un sistema escolar fraudulento que proporcionó adoctrinamiento en lugar de educación y creó un sistema sanitario de dos niveles, con asistencia médica inferior para la mayoría de los cubanos, y superior para sí mismo y su oligarquía. Después, sostuvo que todas sus medidas represivas eran absolutamente necesarias para asegurar la supervivencia de esos proyectos de bienestar social ostensiblemente “gratuitos.”
●Convirtió a Cuba en un laberinto de ruinas y estableció una sociedad de apartheid, en que millones de visitantes extranjeros gozaron de derechos y privilegios vedados a su pueblo.
●Nunca se disculpó por sus crímenes ni fue procesado por ellos.
En suma, Fidel Castro fue el vivo retrato de Big Brother, personaje de la novela de George Orwell “1984.” Así es que, adiós Big Brother, rey de todas las pesadillas cubanas. Y que tu sucesor, Little Brother, pronto abandone el sangriento trono que le legaron.