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Cuba: la política de aislamiento


Foto por Yusnaby Pérez
 
 
Alexis Jardines / el Nuevo Herald / junio 20, 2015
 
 
 
En la VI Cumbre de las Américas se reforzó, con el beneplácito del presidente norteamericano, la idea del fracaso de la política de aislamiento hacia Cuba y su corolario: EE UU había terminado aislándose a sí mismo de Latinoamérica, toda vez que la mayoría de los gobiernos de la región apoyaban al régimen de La Habana.
 
¿Qué tanto de verdad hay en ello? Si profundizamos, descubriremos que se le ha vendido al mundo una idea falsa. Cuba no estaba aislada sino carente de inversiones extranjeras porque, dada la incompetencia del régimen y la naturaleza dictatorial de su sistema político, no resultaba atractiva para el capital. Obama puso fin a esa situación estacionaria extendiéndole a Raúl Castro un cheque en blanco que significó, para los inversores extranjeros, una garantía nada despreciable. Cuántas puertas más se le abrirán al gobierno de la Isla tras la decisión del presidente norteamericano de normalizar las relaciones con Cuba es algo que no se puede predecir. Sin embargo, la negación de la tesis del aislamiento cubano no implica que Estados Unidos no haya sido sitiado por los hermanos Castro en la región.
 
Dicho esto, reparemos en el otro escenario, a saber: que sea cierta la idea de la inutilidad de la política de aislamiento y que su aplicación haya terminado por aislar a los EEUU del resto de Latinoamérica. Si todo ello le funcionó realmente al régimen de La Habana, ¿qué garantías hay que dicha práctica no continúe? Veamos qué se seguiría de aquí.
 
Hasta ahora, las intenciones de Barack Obama con relación a Cuba no prosperan, en cambio, el régimen derriba unas tras otras las barreras que consideraba hostiles a su desempeño. Los inversores extranjeros hacen fila repletos de proyectos y Castro le pide paciencia y dosificación a la administración norteamericana. Cuba recuerda hoy aquella imagen freudiana de molinos bregando de una manera dramáticamente lenta mientras millones de seres mueren de hambre antes de recibir la harina.
 
¿Por qué una marcha tan pausada de las reformas? Muy simple, porque no son reformas. Desde el día en que Raúl Castro dio a conocer su proyecto de actualización del socialismo cubano dije que no se trataba de cambios reales, sino de maniobras. En el orden interno el propósito no es otro que evitar que el pueblo, dado el creciente e incontrolable descontento, se lance a las calles. La obtención de liquidez mediante la inversión extranjera –que, además les llenan las arcas a la cúpula gobernante– es parte de ese plan en tanto sirve de medio de contención y entretenimiento de una población hastiada que ya no confía en nadie ni se deja seducir con promesas; quiere hechos y Raúl se los ha proporcionado de la mano del presidente norteamericano.
 
Ya no quedaba a nadie a quien apelar para seguir engañando al pueblo y hubo que echarle mano al último recurso: el propio Imperio. Vana ilusión, porque aun con los norteamericanos dentro de la Isla la situación del cubano de a pie no mejorará. Raúl controla, dosifica, decide, marca las pautas y Obama se conforma con las migajas que le ofrecen la cúpula partidista y el generalato. Esto es lo más parecido que hay a un chantaje: si no es bajo mis condiciones no hay negocio, dice Raúl. Y Obama asiente –y, ante los excesos del general, mira para otro lado– albergando la ilusión que en el futuro esa discreta irrupción norteamericana dentro de la Isla conducirá a reformas políticas sustantivas. ¿Acaso creerá que los Castro son tontos? Si la negociación debe ir al ritmo de los tambores castristas es porque Raúl no quiere que las cosas se le vayan de las manos de tal modo que suceda lo que Obama, supuestamente, espera: el cambio político. En su lugar, le venderán al presidente norteamericano un paquete de maniobras destinadas a preservar el poder de la nueva elite poscomunista.
 
En el orden externo, Raúl va tejiendo –gracias a la normalización de las relaciones con Estados Unidos– una sólida telaraña de interrelaciones, lazos, convenios que se extiende por todas las economías fuertes del planeta (y que envuelve con avidez a turistas, ciudadanos y empresarios norteamericanos). Este entramado de cabildeos e interdependencias está llamado a convertirse en el boomerang de la política de Obama hacia Cuba. Así es que, si vamos a aceptar la idea de que la política de aislamiento de Washington terminó aislando al propio gobierno norteamericano debido a la influencia del régimen cubano en la región, hay que aceptar también que la normalización incondicional, toda vez que multiplica y expande la influencia del régimen, terminará cercando al propio Obama y maniatando a la política de Washington en lo sucesivo. Los Castro tienen visión larga; los Castro quieren más. No les interesa su pueblo, sino la capacidad de incidir en las elecciones del país más poderoso del mundo.
 
 
 

 

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