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De intrascendentes a invisibles

Vuelos de la Libertad 1960 

La tragedia del exilio cubano


Luis J. Cruz / Cuba - Puerto Rico / Agosto 14, 2015


Hoy, con la apertura de la Embajada Norteamericana en Cuba, se cierra un capítulo más en la convulsa historia de mi país.
 
Heredera de una tradición seudo-democrática, donde abundó la corrupción y reinó el oportunismo y la violencia injustificada contra la población civil, Cuba se convirtió en esperanza continental con el advenimiento de la revolución cubana.
 
Nadie se detuvo a analizar bien el fenómeno que brillaba con destellos de justicia social y nos dejamos arrastrar por el carisma de un líder que, microscopeado, mostraba las mismas intolerantes característica del derrotado dictador. Solo aquel lema repetido ante las muchedumbres enardecidas: “Elecciones para qué” y la formación de tribunales revolucionarios donde la vida de los enjuiciados estaba de antemano destinada a terminar frente a los paredones de fusilamiento, deberían haber sido suficientes para concluir que nos esperaban experiencias peores que las acumuladas durante las décadas anteriores.
 
Pero no fue así y el régimen fue apretando el cerco, con la anuencia de un Continente acostumbrado a un caudillismo a ultranza; donde los principios democráticos estaban circunscritos a un mundo ajeno a los centros de poder, ahogados en un mar de populismo emergente, cuyas consecuencias sufren ahora, en forma reiterada, una parte considerable de nuestro entorno americano.
 
Los errores monumentales del creciente exilio, que desde un principio estableció el mismo discurso intolerante al dividirse entre batistianos y revolucionarios; la ceguera selectiva de los gobiernos de América y la  indiferencia de los centros de poder en Europa y los Estados Unidos, alimentaron el ego castrense del nuevo “salvador de América”, convertido ahora en redentor de los pobres y propietario único de las soluciones a los problemas de su país.
   
Así las cosas, desde la mesiánica participación en innecesarios conflictos en América y África, cuando las prioridades eran la edificación de una sociedad más justa y productiva, hasta los proyectos internos más descabellados, producto de la improvisación y la ignorancia, Cuba fue deslizándose hacia un precipicio y dejando atrás cualquier vestigio de sociedad plural y democrática.
  


En este descenso, que provocó la mayor estampida humana de nuestra historia, acompañada de las más férreas medidas internas para acallar cualquier tipo de disidencia, el régimen desarrolló una exitosa campaña mediática que presentaba la dictadura como generadora de progreso en las áreas de la educación y la salud (como si para lograr estas justas aspiraciones del pueblo hubiese que sojuzgarlo) y como víctima de una política agresiva por parte del odiado vecino del Norte.
 
En esta bien orquestada y desarrollada faena de desinformación, participaron de manera espontánea y cómplice la mayoría de los tibios centros académicos e intelectuales y los fogosos movimientos populares latinoamericanos. La larga fila de representantes de estos grupos, viajando a La Habana para recibir el discurso iluminado del líder, le daba acomodaticiamente la espalda a la persecución de los que defendían el derecho a pensar diferente.

Todo esto se convierte ahora en historia antigua, ante la nueva realidad planteada por la política del Presidente Obama, con la participación de otra venerable figura como el Papa Francisco, que de un plumazo nos han convertido de intrascendentes a invisibles.
 



Aquí permaneceremos, en los pequeños espacios que nos provean los países donde sobrevivimos, como una concesión condescendiente y lastimosa, especies en peligro de extinción que han perdido toda posibilidad de redención, condenados a ser un asterisco en el libro de nuestra trágica historia.


Luis J. Cruz Espineta
Camagüey, Junio 24 del 1941. Residente en Puerto Rico desde 1966.  

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