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Cuba, del deshielo a la desilusión

Un cuentapropista repara zapatos en una calle de La Habana. La esperanza de cambios económicos profundos no se materializó este año. AFP Getty Images



Carlos ALBERTO MONTANER
/ el Nuevo Herald / Diciembre 15, 2015


El deshielo cubanoamericano vuelve a congelarse. O, al menos, la temperatura ha descendido mucho. Del tórrido comienzo, hace un año, cuando Obama y Raúl Castro, cogidos de la mano virtual de la televisión, anunciaron el acercamiento, se ha pasado a la desilusión.
En una reciente entrevista el presidente norteamericano ha advertido que no le interesa visitar Cuba si no hay avances en el camino de la tolerancia, y si no le permiten reunirse con los disidentes y quienes defienden la libertad de prensa.
¿Qué ha pasado? Varias cosas previsibles.
Primero, la dictadura cubana no negocia nada. Impone condiciones. Los Castro admitieron las conversaciones con Washington sobre la base de que su viejo gobierno de difuntos y flores era la víctima de varias décadas de agresiones continuadas por parte de Estados Unidos.
La Habana esperaba que Obama levantara el embargo, indemnizara copiosamente a la Isla, devolviera la base de Guantánamo, cerrara Radio y TV Martí, y amnistiara a la espía Ana Belén Montes, condenada a 25 años de cárcel por traicionar a su patria en beneficio del régimen de los hermanos Castro.
El gobierno cubano no tenía nada de que arrepentirse. Era una democracia perfecta de partido único, la mejor del planeta, dotada de una ley electoral extraordinaria, y si se mantenían en la cúspide los hermanos Castro desde hacía 56 años, no era por el terror, sino por la benévola voluntad de un pueblo cuyo 98% votaba agradecidamente por los candidatos seleccionados.
En Cuba no había presos políticos, sino políticos apresados por delincuentes. Los disidentes y la oposición democrática no habían sido segregados por la sociedad cubana libremente. Eran fabricaciones artificiales de la embajada norteamericana sin la menor conexión con el pueblo trabajador.
En Cuba todos eran razonablemente felices. Todos estudiaban. Todos se curaban. Todos trabajaban. La economía, pese algunos tropiezos, crecía. Era una maravillosa sociedad, modesta y solidaria, caracterizada por el espíritu de sacrificio con que afrontaba los embates del imperialismo y rechazaba el consumo de la pacotilla capitalista.
La Casa Blanca, en cambio, tenía un criterio muy diferente. Obama pensaba que la pequeña Cuba, hasta entonces víctima de la Guerra Fría, quería cambiar paulatinamente su modelo de gobierno y él estaba dispuesto a ayudar. No tenía la menor idea de que Fidel y Raúl Castro (en ese orden) veían su gesto de tenderle la mano y enterrar el hacha de guerra como la aceptación de una derrota.
Por eso vio con extrañeza el tono virulento de exigencia con que Raúl Castro reclamó la indemnización por los daños y perjuicios, supuestamente provocados por el embargo y las acciones de guerra no declarada efectuadas por la CIA.
Comenzó pidiendo $120,000 millones de dólares y muy pronto llegó a la fabulosa cifra de $300,000 millones, 10 veces el monto de la Alianza para el Progreso puesta en marcha en los años 1960 para toda América Latina.
Hubo, también consecuencias inesperadas. Él le había tendido a Raúl un ramo de olivo, no para consolidar la tiranía, sino con el objeto de facilitar la transición hacia la democracia, como trataba de hacer en Myanmar (antes Birmania), con otra tribu de militares corruptos.
Cuando Obama afirmó en Panamá que Estados Unidos había renunciado a inducir el “cambio de régimen” en la Isla, no quiso decir que rechazaba la evolución hacia las elecciones, las libertades y el pluralismo en Cuba, sino que pensaba alentar al gobierno cubano para que diera ese paso voluntariamente. No quería tirar a Raúl Castro por la ventana, sino colocarlo de manera que se lanzara solo.
Pero no hubo suicidio ni propósito de enmienda. La CIA y el Departamento de Estado le notificaron a la Casa Blanca que, en vez de escoger el camino de una transición sosegada, el gobierno cubano había recrudecido la persecución a sus enemigos dentro de la Isla. Cada día que pasaba había más detenidos, más actos de repudio, más golpizas, más represión.
El engagement, ideado para abrir al régimen, había servido para cerrarlo más, como si Raúl Castro hubiese llegado a la paranoica conclusión de que la mano que le tendía Obama tuviera un puñal escondido contra el que debía defenderse aumentando las actividades de la policía no-tan-secreta.
Y si la apertura política, al menos por ahora, había fracasado, todos los síntomas apuntaban a que tampoco había funcionado la económica, por lo menos desde la perspectiva de la sociedad cubana.
Tras un primer momento de euforia, los cubanos habían regresado a su tradicional pesimismo. La situación era mala, pero en el futuro sería peor.
Entre los miles de exiliados salidos por Ecuador, muchos de ellos hoy acantonados en Costa Rica, abundan los cuentapropistas. Emprendieron algún pequeño negocio para poder largarse y pagarles a los coyotes hasta llegar a Ecuador, de allí a México y, por último, a Estados Unidos.
Unos 40,000 atravesaron siete países y cruzaron la frontera americana en el 2015. Millones más esperan la oportunidad de largarse de Cuba. Antes de 1959, el sueño cubano era prosperar dentro de la Isla, como hicieron cuatro generaciones de cubanos durante los 57 años que duró aquella agitada y delirante república.
En cambio, el sueño cubano, tras los 57 años que ha durado la pesadilla comunista, es escapar de ese infiernillo a bordo de cualquier cosa: una balsa, una visa, una señora madura en busca de amor, un señor libidinoso que quiera una aventura, un anciano venerable decidido a adoptar a un cubanito mendicante. Lo que sea.
¿Quiénes ganan dinero en la Cuba actual? Muy poca gente, y toda relacionada con la industria turística, dado que cobran en el extranjero y en moneda dura. Una sociedad en la que hay varios cambios diferentes para las divisas, y en la que el salario promedio es US$ 24 al mes, no hay forma humana de desarrollar actividades rentables.
Los inversionistas serios, especialmente si responden ante accionistas y cotizan en Bolsa, llegan a la Isla, confirman que en el mundo hay 100 mercados más seguros y hospitalarios, se toman un mojito, se bañan en Varadero, y adiós muy buenas. Por algo Moody clasifica las obligaciones cubanas como altamente riesgosas. Lo son. Ese sistema no tiene arreglo. Hay que reemplazarlo. 







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