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¿Modificar o eliminar la Ley de Ajuste?

Foto de Diario de Cuba


Alexis Jardines / el Nuevo Herald / Diciembre 8, 2015
  
Miami se está llenando de simpatizantes, colaboradores y hasta de gente muy leal al castrismo. En esta suerte de estructura en formación no faltan los asalariados de los hermanos Castro, los familiares de los dirigentes de la Revolución, los propios dirigentes y los espías. Con los dólares norteamericanos que engrosan sus arcas la dinastía castrista monta negocios aquí que terminarán empleando a miles de residentes y ciudadanos, los cuales quedarán atrapados en esa red de lealtad que abarca desde Think Tanks, grupos de presión, cabilderos y agentes de influencia hasta el más simple emigrante potencial en suelo cubano. Ante la castrización del exilio cae por su propio peso la pregunta: ¿enmendar o derogar la Ley de Ajuste?
Si esta Ley se va a enmendar con el solo propósito de detener el abuso al que está sometida por parte de la llamada emigración económica no creo que tal argumento sea suficiente. El enemigo de la Ley de Ajuste no son nuestros compatriotas, sino el sistema político que a su vez genera la situación económica de la cual la mayoría de ellos huye. Al menos para mí está claro que el gobierno cubano es el primer interesado en conservar algo que le beneficia 100 por ciento.
Por otra parte, si la Ley de Ajuste perjudica al movimiento opositor al crear un abismo entre la disidencia y el cubano de a pie siempre en fuga, entonces los posibles cambios a introducir no deben enfocarse en su restricción a los casos de perseguidos políticos. Esta figura –tras la enmienda de la ley migratoria– cae y caerá cada vez más en desuso y solo le daría espacio al régimen para plantar espías. Quien realmente sea un perseguido político siempre podrá entrar a territorio norteamericano a través de los programas para refugiados que tiene este país. De lo que debe guardarse la Ley de Ajuste, consecuentemente, es de servir de cobertura para que entren a territorio norteamericano los militantes del Partido Comunista, los militares, dirigentes, familiares, espías y chivatos de toda laya. Su enmienda no debe enfocarse en delimitar quién debe entrar a Estados Unidos, sino en quién no debe hacerlo. De lo contrario, dicha Ley sobra.
Razonemos: detrás de las estructuras y vínculos creados por toda Latinoamérica y el Caribe para el tráfico de armas y drogas estuvo también la mano del gobierno cubano. Dichas estructuras, cabe pensar, se han activado para el tráfico humano. Cuesta creer que Cuba no se esté beneficiando de un negocio tan lucrativo en la región, sobre todo si este se hace a expensas de la población que controla y administra Raúl Castro. Esos individuos, cuyo peregrinar produce dinero, son de su propiedad. No se olvide. Una Ley que, además de garantizar la estabilidad interna garantiza un creciente flujo de capital hacia la isla incluso antes que sus beneficiarios toquen suelo norteamericano no es una ley; es un regalo del cielo. Cuba estaría dispuesta a sacrificarla solo a condición de que le levanten el embargo. Es por eso que –ante el creciente sentimiento de rechazo de la Ley de Ajuste en Miami– el régimen parece haber activado también a sus agentes de influencia en el exterior con el objetivo estratégico de vincular la Ley al embargo.
“Si la Ley de Ajuste se va, se tiene que ir con ella el embargo porque el problema que tenemos es la carencia crónica de liquidez”, parece ser el razonamiento de La Habana. De este modo se garantiza la vigencia de la Ley de Ajuste hasta tanto no se elimine el embargo. Obviamente, el peor escenario para el régimen sería derogar la Ley de Ajuste y mantener el embargo. Esta era la verdadera movida que cabía esperar en términos de innovación en política hacia Cuba y no la contraproducente jugada del presidente Obama. Sin rusos, chinos, venezolanos y un ALBA en franco proceso de putrefacción solo cabía tapar la olla.
El gobierno cubano, en cambio, fue muy hábil haciéndole creer al mundo que la tapa de la olla era el embargo cuando en realidad era la Ley de Ajuste. Con esa maniobra de distracción se pudo sostener la engañosa tesis de que el embargo no había funcionado, mientras se ocultaba celosamente que la Ley de Ajuste desgastaba sistemáticamente a la oposición interna y neutralizaba los efectos del embargo. Dentro de la isla, al menos, el cubano de a pie alcanzaba a ver que la situación ruinosa estacionaria de la economía no era consecuencia del embargo, sino de la incompetencia de los gobernantes.
Antes de modificar la Ley es preferible dejarla como está. A condición, naturalmente, que la Casa Blanca rectifique su política hacia Cuba. Con las relaciones diplomáticas, habría que deportar de modo expedito a los cubanos, según la Ley de Inmigración y Naturalización de EEUU; si hay relaciones diplomáticas ya no puede justificarse la Ley de Ajuste.

Académico Distinguido en Instituto de Investigaciones Cubanas, en FIU

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