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Cuba: parálisis y transición

Imagen tomada de Internet


Alexis Jardines / Miami, Agosto 2016

El régimen cubano parece inmune a los factores que canalizaron la transición en los países de la Europa del Este: nacionalismo, oposición, perestroika, nomenklatura, un Václav Havel, la policía política (como en el caso de Rumanía), etc. Téngase en cuenta que los Castro no solo sobrevivieron los efectos de la perestroika, sino que la apertura de las fronteras ―gesto letal para cualquier sistema totalitario― la han practicado voluntariamente y sacándole provecho.
Desde el punto de vista de la filosofía política es muy difícil explicar por qué se conserva el castrismo. En términos ideológicos, el marxismo-leninismo fue el elemento cohesionador, sin embargo, desde los noventa la dupla dólar/CUC ha ido desplazando al marxismo al punto de convertirse en ideología nacional. Si algo comparten gobierno y población, represores y reprimidos es la fiebre de la divisa. Si hay un lugar donde todo, sin excepción, tiene un precio, ese lugar es Cuba. La idea, pues, de la unidad en torno al Partido y su ideología comunista quedó sepultada por el dólar. En la actualidad el Partido, en su base, lejos de ser esa unidad monolítica se caracteriza cada vez más por el descontento y la divergencia, mientras en su cúspide se ha ido transformado paulatinamente en un board de magnates. Y no se confunda esto último con capitalismo, por favor.
La situación económica, se sabe, no puede ser peor. Ningún país prospera cuando su riqueza se concentra en manos de una decena de familias cuyas ideas han destruido todo el tejido del libre mercado y su necesaria expansión. ¿A dónde va Cuba con una deuda impagable que, aun cuando sea condonada o renegociada en parte, como viene sucediendo, quedaría a merced de los intereses bancarios en una situación de falta crónica de liquidez? ¿A dónde va Cuba con una población envejecida y un éxodo imparable de lo mejor de su ruinoso capital humano? ¿Cómo aumentar la eficiencia, el capital y la rentabilidad de las empresas en un país no capitalista, sin libre mercado y sin propiedad privada como fundamento del sistema?
Lo único claro que parece aflorar tras todo ese entramado de sinsentidos es que Cuba está paralizada, porque el menor cambio arruinaría todo el sistema socialista de Partido único. Reflexionemos: las medidas que Raúl ha llamado eufemísticamente reformas o actualización han estado destinadas a conservar el statu quo, incluyendo aquí la nueva ley migratoria, que aprovecha astutamente las bondades de la Ley de Ajuste Cubano para poblar el exilio de castristas, pero también ―y, más bien― para eliminar la presión de la olla y evitar así una explosión social. Ya me he referido a esto antes.
Otro ejemplo, entre tantos, podría ser la dualidad monetaria. Mantenerla es perjudicial para la economía y eliminarla mediante la unificación es perjudicial para el régimen. De tal suerte, se genera una situación de inmovilismo. La economía cubana necesita una sola moneda, pero la unión monetaria implicaría la ruina de las empresas estatales que funcionan con el CUP o peso cubano. No es posible unificar la moneda con una tasa de cambio de 1: 24. Y para acercarse al menos a la paridad con el dólar habría que aumentar la competitividad de las empresas a tal punto que se lograra un aumento sustancial de la liquidez de sus activos. ¿Cómo puede ser esto viable? Mediante dos caminos que al final convergen. El más largo implica el desmontaje de la economía socialista y la adopción del libre mercado y la propiedad privada, en fin, el capitalismo puro y duro. El más corto es la adopción del dólar americano como moneda oficial, pero sin el concurso de los Estados Unidos este último experimento no llegaría muy lejos. Fue lo que hizo el canciller Helmut Kohl cuando la unificación de Alemania: implantó por decreto una tasa de cambio de 1:1 para las dos monedas alemanas. El aumento salarial que presupondría la paridad monetaria debía aumentar la competitividad de las empresas de la Alemania del Este. Pero ello también redundaría en un aumento de la liquidez. Para el caso cubano los factores paralizantes serían el tema de la soberanía (tal y como el régimen lo concibe) y el enriquecimiento, no deseado por los Castro, de los cuentapropistas. Esto último podría dar pie a un sector privado no proveniente de las filas de los cuadros del Partido.
La solución del régimen de La Habana, en cambio, ha sido alimentarle el ego a Obama para que confunda legado y originalidad con concesiones unilaterales al gobierno cubano. La estrategia a largo plazo parece ser ―una vez permeado los medios, las universidades, buena parte del sector empresarial norteamericano y del Partido Demócrata de neocastrismo (es decir, castrismo comercial y financiero)― crear un pujante sector privado educado en las propias instituciones norteamericanas y compuesto por la poderosa red de lealtad (interna y externa) de la familia Castro. Sin embargo, el lado flaco de este punto de vista es que es completamente reversible.
Por último, quisiera reparar en el tema de la conectividad a internet. Sin ella no hay desarrollo en el mundo contemporáneo y, lo que es más, es ella el indicador fundamental del progreso de las naciones hoy día. Pero sucede que los sistemas socialistas son refractarios al internet debido a la naturaleza inclusiva de la red de redes, que la vincula genéticamente con el mercado, el capitalismo y la democracia. Como la democracia y siguiendo la lógica del mercado, internet no tiene ningún sentido si no se expande vorazmente, si no se ramifica de tal modo que pueda involucrar y conquistar cada vez un mayor número de usuarios. Esto constituye un serio peligro para la estabilidad de los regímenes colectivistas como el cubano, basado en la administración de la libertad y el reparto de privilegios. Cuba, con una de las tasas de conectividad más bajas del mundo, ha apostado por el modelo chino de internet con censura. De aquí se sigue que, en esencia, el sistema cubano es autodestructivo.
Así las cosas, me atrevería a decir que, junto a internetlos vectores principales de la transición cubana a la democracia son: la siempre imprescindible presión en las calles, la escisión interna del Partido Comunista (único) y los efectos crecientes del inmovilismo. Todo ello teniendo como telón de fondo la negativa gubernamental al enriquecimiento ciudadano ―que en la práctica se traduce en la imposibilidad del cubano de a pie de salir de su ruinosa situación material― y la incapacidad de los gobernantes de arreglárselas con las tendencias autofágicas del monstruo que ellos mismos crearon.
Sumida cada vez más en una situación de ingobernabilidad, Cuba se asienta hoy sobre puras ruinas. Agotada la ayuda soviética y las posibilidades de saqueo de Venezuela al modelo cubano no lo salva ya ni la mano de Obama. Incluso, en un escenario post castrista, podría continuar ocurriendo lo que le ocurrió a la RDA a pesar de haber sido reconstruida y generosamente beneficiada tras la unificación: un imparable éxodo en medio de un notable envejecimiento poblacional.
La respuesta a la pregunta de por qué se conserva el castrismo no es tan compleja. Lo que se conserva es la desnuda estructura de poder en manos de un selecto grupo ávido de dinero. Y la causa fundamental de esa conservación ―más allá de la represión― es que los cubanos han perdido la fe en el futuro: con embargo o sin él, no quieren seguir viviendo en el Tercer Mundo. La Cuba de hoy y la de mañana no les interesa. 
La nación necesita ser refundada y no con paños tibios y tácticas de aletargamiento destinadas a empoderar a los leales al régimen, sino ―pura y simplemente― con derechos y libertades individuales. Ahora bien, de un lado está la libertad (que nos une a todos) y del otro la Revolución (que nos divide). Usted decide.

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