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Ernesto Che Guevara. Farsa y tragedia del marxismo cubano

Antonio Sánchez García / El Blog de Montaner / Octubre 08, 2017

Son cincuenta años. Más del doble de los veinte que, para el más célebre de sus compatriotas, Carlitos Gardel, no son nada. Medio siglo. De acuerdo al calendario gregoriano. Y la historia, esa puta vieja y en América Latina pintarrojeada y más que roñosa, ha querido que los militares que les fusilaron, sin tener la más mínima idea de quiénes eran él y el otro boliviano que lo acompañara en el trance, se encuentren bajo el dominio de los servicios secretos del Estado cubano. Por obra y gracia de un teniente coronel venezolano que pagó la cuenta. Tan poderosos en la Bolivia del cocalero Evo Morales, como en la Venezuela de Nicolás Maduro. Y en las billeteras y cuentas bancarias de todas las izquierdas paulistas del hemisferio. Incluidas las españolas y catalanas, oportuno es decirlo.

Su muerte no sirvió de nada. Salvo liberar de un estorbo a Fidel Castro y guiñarle un ojo de complicidad a la Unión Soviética, de cuyas riquezas, obtenidas con el sudor de las frentes del Archipiélago Gulag, dependía la vida de la ociosa y proxeneta tiranía cubana, cuyo jefe y caudillo máximo, que tenía las tersas y aterciopeladas manos de Adolf Hitler, tan admiradas por Heidegger, sin haberle trabajado un día a nadie, se veía obligado a apostar del cerco de sus dientes afuera, por la coexistencia pacífica, no por la guerra de guerrillas, única vía en la que creía el marxista argentino más antimarxista de la historia del marxismo. Asesinado muy a su pesar por un sargento de apellido Terán que debe haberse muerto sin haber oído jamás el nombre de Karl Marx. No se diga los de Hegel o Trotsky, Lenin o Pablo Neruda. Allí vinieron a dar las utopías del Occidente judeocristiano: en una inmunda lavandería de una aldea perdida de la selva boliviana. ¡Lo hubiera sabido el más grande de los discípulos del más grande filósofo de todos los tiempos: Georg Wilhelm Friedrich Hegel!

Lo del Nobel de literatura chileno viene a cuento, pues Neruda, estalinista impenitente aunque agriamente anticastrista, era el poeta preferido de Ernesto Guevara, el médico sin atributos que como Fidel, su compañero de andadas, jamás ejerció oficio conocido. Y se hizo famoso, luego de vagabundear en motocicleta por América Latina en plan Easy Rider avant la lettre, por apostar su estropeada vida de asmático y neurótico somatizado al servicio del segundo manipulador más portentoso de la historia moderna, Fidel Castro. El primero fue Hitler. Que no tuvo la fortuna de mandar sobre una isla de fantasía, un ejército de mentirijillas, un dictador que se negó a combatir con sus treinta mil hombres a un gánster aventurero con trescientos apoyado por la Casa Blanca ni de enfrentarse a John F. Kennedy sino de mandar sobre el país más culto del mundo y ser combativo por F.D. Roosevelt. Que si frente a la revolución del Central Park cubano se hubiera encontrado un hombre y no un play boy multimillonario, amante de Marilyn Monroe, el muerto hubiera sido Fidel Castro.

Castro y el Che Guevara pertenecen a la tragicomedia del Siglo XX. No a la tragedia de Auschwitz y Treblinka, del Holocausto y el Gulag, de los Juicios de Moscú, del asesinato en masa de la familia real rusa, de las hambrunas y los cien millones de cadáveres, del millón de muertos de la Guerra Civil española, sino a las farsas en tecnicolor de lo real maravilloso, de la Cuba puta ancestral, de la América Latina, caudillesca y dictatorial, bolivariana, bananera y socialista. Un continente que ha hecho guerras de independencia y revoluciones, tiranías y dictaduras para mejor podrirse. Jamás para regenerarse. Ya lo diría Carlos Rangel: “la historia de América Latina es la historia de un fracaso”. Y Mario Vargas Llosa: “Un continente de esperanzas frustradas”. Un universo mal criado. Parido por un aristócrata que arrastró a su Patria por los mataderos y abismos de la disociación, la anarquía y el degüelle, para arrepentirse luego de convertirla en un amasijo de autocracias y miseria.

Karl Marx, aunque converso y emancipado, un judío alemán profundamente imbricado con la tradición profética de su estirpe, esperaba que la revolución fuera un pas de deux digno de La Guerra de las Galaxias o 2001. En esta carrera vertiginosa hacia el progreso abierto con el Renacimiento, las fuerzas productivas alcanzarían con la revolución industrial inglesa un desarrollo tan prodigioso que de su seno saldría la mariposa redentora que serviría la mesa colmada de frutos y bienes técnicos y tecnológicos al hombre que emergiera de Cromagnon – industrialización, maquinismo, producción robótica, automatización electrónica, computación, redes digitales y todo lo que al homo faber, convertido en homo ludens, se le pudiera ocurrir.

Convino en lo de la violencia como partera de la historia, que la revolución francesa acababa de aplastar a la generación de sus padres. Pero ello porque, al igual que con la especie, el futuro no se cae del vientre de la madre tierra por mera fuerza de gravedad. Debe ser arrancado por las revoluciones, parteras de la historia.

Pero de allí a imaginarse que la revolución podría convertirse en la piedra de un Sísifo bohemio, maloliente, agriado, rudimentario y resentido, mal genio y mezquino, asesino y delirante como Ernesto Guevara, que creía que para hacerla realidad bastaba con disfrazarse de vendedor viajero, hundirse en los intrincados matorrales bolivianos acompañado de doce cubanos zarrapastrosos para tratar de entenderse con unos campesinos mucho más cercanos a Manco Cápac y a Atahualpa que a Federico Engels, media el abismo de un continente supersticioso, irracionalista, siempre insatisfecho y delirante. En donde sus mejores hombres viven arando en el mar.

Sólo el resabio de pensamiento mítico e irracionalidad a flor de piel que lastran sus conciencias, explican que una farsa como la del Che Guevara se convirtiera en uno de los mitos movilizadores de la generación de los Beatles y la guitarra eléctrica, el viaje a la luna y la popularización de Internet y las computadoras Apple. En la pura realidad de los hechos, descarnados de la febril imaginación y la potencia mediático manipuladora de Fidel Castro, la aventura del Che Guevara hubiera figurado en un rincón de las páginas de sucesos de un periódico de mala muerte en una sociedad culta y racional. Más asesinatos y desastres causaron las huestes de Vladimir Padrino y Nicolás Maduro. Sin que hasta ahora a nadie se le haya ocurrido hacerles un filme de alto presupuesto. Ni existan franelas con sus retratos.

Lo cierto es que Fidel se sacó de encima al argentino fastidioso despachándolo al último rincón del continente. Lo dejó entregado a su mala suerte. Mientras él, que ni era un bohemio, ni amaba a la poesía ni creía en los pajaritos preñaos de Bolivia en guerra, se ocupaba de lo suyo: invadir Venezuela. Dedicaría el tiempo en que se negaba a responder los desesperados llamados de auxilio del rosarino impertinente en preparar personalmente a los cuadros marxistas venezolanos encargados de complementar a sus mejores generales de carrera – a los que jamás perteneció el vagabundo argentino: Arnaldo Ochoa Sánchez, Ulises Rosales del Toro, Raúl Menéndez Tomassevich. Entre ellos, Luben Pettkof, Héctor “el Macho” Pérez Marcano, Moisés Moleiro y viejos cuadros de Acción Democrática ahora transferidos al MIR, y cuadros emblemáticos de Partido Comunista Venezolano. Douglas Bravo, Alí Rodríguez Araque, Américo Silva, Américo Martín. ¿Compararlos con Benigno Alarcón y Willy, el boliviano que fuera fusilado junto al guerrillero heroico?

Cuando Pérez Marcano y Américo Martín discutían los preparativos para la invasión, Castro les soltó la perla que lo angustiaba: el Che andaba por ahí en sus correrías, de las que él, el Caballo, esperaba lo peor, pues su audacia sólo era comparable con su temeridad. Estaba en la quebrada del Yuro.

Nadie, en el mundo, sabe que el Che terminó siendo la cortina de humo como escrita, diseñada y escenificada por un guionista de la Twenty Century Fox tras la que Fidel ocultó su invasión a Venezuela. Como tampoco sabe que si en Bolivia la CIA puso fin al delirio guevariano asesinándolo como a un vagabundo, de Venezuela Fidel y sus generales salieron con las tablas por la cabeza gracias al político y estratega más destacado de su historia: Rómulo Betancourt. La alienación globalizada da para todo.
 

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